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Tripas doradas (2)

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Pude ver como los dos policías pasaron junto a un banco donde una joven pareja masticaba chicle y hacían pompas al unísono, un tercero abrazaba un balón de fútbol y lucía una camiseta de la selección española. Más allá una persona mayor leía una revista sentado en un banco, medio oculto por los setos y una perra desde un balcón ladraba sin parar. Y yo en el centro de la plaza chapoteando al mismo tiempo que los perros. De vez en cuando sacaba la cabeza del agua para respirar, mientras que el dueño de los perros evitaba que terminasen ahogándome con sus zarpas. Les lanzaba naranjas agrias al otro lado de la fuente para que se desplazasen; la pareja de policías preguntó al resto de personas que estaban en la plaza hasta que se dieron por satisfechos…

—¡Nos vamos, Tona! Muchas gracias por tu invitación y cuida ese pie, más que nada por si te llaman para las olimpiadas.

—¡Adiós Luís!, no te preocupes, ya me han llamado pero no me gusta el clima de Londres, prefiero este nuestro, es mucho más acogedor.

Montaron en sus motos y abandonaron el sitio. La mujer se apoyó en su muleta y vino hacia el agua:

—¡Joé, paisano! Saca al colega del charco que va a coger una infección.

El hombre metió el brazo hasta el codo, me agarró por la camisa y me sacó al exterior. Los perros pretendían lo contrario.

—¡Linda, Bob! ¡Fuera, fuera!

—¡Aaahh, aairee! ⸺grité.

—Colega, te has puesto el traje que no lo admiten ni en la tintorería de la guarra de mi prima…Así que te gustan los colgajos de plata fina.

—¡Oye tú!  ⸺protesté.

—Me llaman Tona, aquel de allí es mi tronco y éste que te ha salvado la vida se llama Bob, como su perro, ¿o es el perro el que se llama como tú?

—Da igual, Tona, lo importante es que aquí al amigo le hace falta un ayudita para que no agarre un resfriao.

—Por mí no se preocupen, pasado un rato estoy seco, con este caló ya verán, y luego me voy.

—¡Ni hablar, colega! Las reglas de urbanidad las respeta la Tona con cualquiera que lo necesite  ⸺dijo la mujer⸺, así que sal de ahí antes de que se te atrofien los huesos, y ven conmigo que tiraremos de mi fondo de armario.

Salí de mi aposento soltando agua por todos los bolsillos y seguí el rastro de la Tona, que apoyada en la muleta avanzaba hasta su escondrijo. Desde el banco, su compañero contemplaba la escena apurando los últimos tragos de la cerveza de litro, entre calada y calada de humeante porro.

Comencé la noche en el refugio de la pareja, me invitaron a los restos de un pollo asado, que se habían dejado en una mesa del bar cercano, a una cerveza fresquita del puesto de chucherías y a unas chupadas del último canuto que les quedaba para consumir. Cuando en la plaza sólo se oía el chorreo del agua cayendo en la pileta mayor y se apagó la luz en todas las ventanas de alrededor, la Tona y su compañero separaron el colchón de la pared y lo tiraron al suelo. Cerca, colocaron unos cartones; allí me invitaron a que me tendiera. Ellos hicieron lo propio, eso sí: en el colchón. Los setos ocultaban el conjunto proporcionando la intimidad suficiente para que los tres nos dispusiéramos a pasar la noche. Intranquilo, me tumbé sobre un costado apretando en mi mano, con fuerza, el objeto perseguido por todos. No dormía. Como prueba de confianza dejé escapar unos cuantos ronquidos y esperé resultados: no tardé en notar como el compañero de la Tona se deslizaba cual serpiente por mis pies y se me acercaba hasta la cara, olisqueándome como si fuera un pastel. Aguanté. Luego noté que me hurgaba en los bolsillos y cuando parecía que no iba a poder resistir más tiempo sin dar un respingo, se oyeron unos pasos, “Ven aquí  ⸺siseó la Tona”. El hombre se arrastró hasta el colchón y se tendió junto a la mujer. Y de repente irrumpieron como en manada cuatro hombretones de botas militares, sin un pelo en la frente y unas porras entre sus manos.

—¡Arriba, escoria! ¡Se acabó la siesta! ¡Aquí huele a podrido!

—¿Qué pasa, qué es esto?  ⸺se sobresaltó la Tona.

—¡Aaayy!  ⸺chilló su compañero.

—¡No grites, rata! ¡Levanta! Mueve tu culo o te chamusco los huevos.

—¿Qué queréis, desgraciaos?  ⸺dijo la Tona.

—¡Sin insultar, señora!  ⸺la Tona recibió una patada en el costado.

Viendo como se estaba poniendo el asunto, me metí el producto del robo en la boca y sin necesidad de un trago de agua siquiera, engullí la cadena con medalla incluida.

—¡Tú también, mamón, levanta!  ⸺me dieron dos patadas.

En cuestión de minutos los matones repartieron bofetadas y porrazos a diestro y siniestro; nos arrastraron unos metros y le prendieron fuego al colchón.

—¡Fuera de aquí, lacra, inmundicia!  ⸺gritó uno.

—¡No queremos basura en nuestras calles!  ⸺secundó otro.

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