Provocación (y 3)
- J.R.Infante

- 15 dic 2025
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Pasaron los días y todo seguía igual. Joselu procuraba cumplir con sus obligaciones laborales pero no podía reprimir el impulso de asomarse una y otra vez al mundo exterior, al que estaba más allá de la tela arpillera: allí seguía la fuente, los siete bancos de azulejos, el suelo de chinos y los trece naranjos de los que se sabía de memoria sus copas. Hasta que en una ocasión, a primeras horas de la mañana vio al pintor con su atuendo característico, ocupar su lugar habitual. Se instaló, cogió el pincel y comenzó su tarea compartida con la utilización de la cámara de fotos. A Joselu se le iluminó la cara, no hacía más que mirar la fuente, las tres calles por las que llegaba gente y al pintor que seguía con sus trazos. Impaciente, a la hora del bocadillo pidió permiso y bajó hasta donde estaba el artista. Se fue por detrás para fijarse en su trabajo; no podía creer lo que estaba viendo: desde una perspectiva realista, el hombre había captado la plaza, la fuente, los naranjos, las mesas y hasta los camareros, pero ella no estaba, “¿cómo es posible?, si su danza, su caminar lo inunda todo”, se fijó en la cámara de fotos y en un folleto en el cual figuraba: “Ágredo, taller de pintura”…se le agotó su tiempo, tenía que volver al tajo antes de que sus compañeros comenzaran a echarle de menos.
Aquella misma tarde decidió seguir con la pista encontrada y no le fue difícil dar con la dirección del taller, que se encontraba a poca distancia de la obra. Se marchó en su búsqueda y lo poco que se podía ver a través de una ventana le fue poniendo en antecedentes de cuáles eran los gustos del recién descubierto Ágredo. Estuvo un rato merodeando por los alrededores hasta que se cansó y en su casa, delante del ordenador, completó la información y el tipo de pintura que salía de aquel taller: el rostro humano parecía ser la obsesión del pintor. Joselu fue encajando piezas y ahora entendía la presencia de la cámara de fotos: el pintor se dedicaba a obtener primeros planos, con los que luego elaboraba sus cuadros, pero, “¿y ella?, cuál es su papel en ese intrincado proceso creativo?”. Estas preguntas se mezclaban con otras, “¿por qué no puedo quitármela de la cabeza?, ¿dónde está?, ¿por qué no he vuelto a verla desde aquel momento?”. El muchacho era incapaz de contestarse a tantas preguntas como se le agolpaban en la mente.
Siguió el ritmo de su trabajo, controló la plaza por si se producía algún cambio, y dio un paso más: entró en el bar que regentaba el ciudadano de Cuba, se acercó a la barra y pidió una cerveza. El hombre decidió servirle él mismo:
—¿Aún buscas a Jeannette, mi niño?
—¿Cómo dice?
—Así es como se llama la jeva. Veo que insistes y eso me hace pensar que te interesa ¿no es cierto?
—¿Qué sabe usted de ella?
—Lo suficiente, mi niño. Vive con Ágredo, le sirve de gancho en su trabajo. Enamora a la gente para que él pueda captar esos cambios. Ya sabes, esas cosas que sólo ven los artistas.
—¿Y por qué me cuenta ahora todo esto?
—Porque veo, ¡ay mi niño!, tu cara. A ella la conozco desde que era una niña, y aunque no es de mi familia, le tengo cariño y quiero verla feliz.
—¿Y no me lo podía haber dicho antes?
—Tenía que estar seguro.
—¿Dónde puedo encontrarla?
—¡Ay mi niño! ¿No dices que te interesa?, pues sigue buscando, tenme paciencia.
Joselu pagó la cerveza y se dispuso a salir
—¡Ah!, su tío no es malo, tan sólo la ata corto.
No supo que decir. Salió. Su cabeza era un bombo a punto de explotar. Se fue a su casa, en busca de una buena ducha y un respiro para poner en orden sus ideas. Sea por unos motivos o por otros, le venció el sueño. Tras recuperar energías, se entregó a la búsqueda de datos que le condujesen hasta la muchacha, y de esa manera se enteró de que Ágredo presentaba una nueva exposición. A través de interné consiguió la invitación para asistir al acto. Se arregló para la ocasión y se presentó como uno más dentro del recinto donde iba a tener lugar la inauguración.
Allí estaba ella; del brazo de Ágredo hizo su aparición en medio de una sonora bienvenida por parte de los asistentes. Trató de que no lo viera, quería esperar el momento oportuno para hacerse notar, quería estar seguro de sus pasos. Se cortó la cinta, se accedió al local y la gente se dispersó hacia un lado y otro contemplando los cuadros de Ágredo. Los fotógrafos realizaban su trabajo, Jeannette no se despegaba del pintor, Joselu dio una vuelta por la exposición mirando la disparidad de rostros colgados en la pared y en medio de todos ellos reconoció su propio rostro. No había duda, aquella imagen distorsionada era su cara y sabía además el momento en el que estaba basada la obra. Se quedó pensativo: “¿cómo consiguió captar lo que pasaba por mi cabeza?”. Comenzó a recordar las palabras del dueño del bar.
Había llegado el momento de actuar, tenía que hacerse ver, sabía de sus sentimientos, ya era hora de ver hasta qué punto había sido engañado. Se acercó al grupo de amigos de Ágredo y fue buscando los ojos de Jeannette hasta que los encontró. Ésta se ruborizó, trató de no mirarlo, pero era tanta su insistencia que en un momento dado abandonó el brazo del pintor y vagó de un lado a otro de la sala, seguida siempre de cerca por Joselu, se detenía ante una obra y buscaba al muchacho, él buceaba en el fondo de aquellos ojos y esperaba el siguiente movimiento. No lejos de allí, Ágredo en medio de un corro de admiradores hacía algunas aclaraciones al respecto del cuadro que contemplaban.
TRIPAS DORADAS
Llegué corriendo y sudoroso hasta el lugar donde estaba aquella pareja y casi sin aliento, les dije:—¡Escondedme, por la virgen!, me persiguen los maderos.
La mujer dejó al lado de una muleta la botella de cerveza, miró a su compañero y me preguntó:
—¿Qué te pasa colega? ¿Has robao un banco?
—¡Déjate de leches, tú! ¿Dónde me meto? ⸺le contesté.
—Pues como no me baje el vaquero y te meta en las bragas…
—¡Eh! ⸺gritó otro⸺ ¡Ven aquí!
Me acerqué hasta una pileta circular, llena de agua, en la que dos enormes perros jugueteaban con unas naranjas.
—¿Sabes nadar? ⸺me preguntó el individuo.
—Cuando chico iba a la piscina.
—¿A la piscina? ¡Anda, da igual! ¡Métete ahí dentro y bucea!
—¡Ahí! ¿Con los perros?
—No te van a comer, pero como lleguen los maderos, sea lo que sea lo que hayas hecho, se te caerá el pelo.
—El agua estará fría.
—¡Da igual, cojones! Así te lavas la camisa.
Pude oír las sirenas de las motos.
—¡Métete ya, desgraciao! ⸺me gritó la mujer.
No me lo pensé más, levanté una pierna, luego la otra, me senté en el borde de la fuente y me dejé escurrir. Enseguida los dos perros se vinieron hacia mí como si fuese un juguete nuevo que acababa de entregarles su dueño para que se entretuviesen. Se oyó el estampido de un cohete, me asusté y me sumergí en aquel caldo húmedo donde las plumas de las palomas y tórtolas competían con las bolsas de plástico y las naranjas. Los dos lanudos canes colaboraban a su manera evitando que sacase la cabeza al exterior. La mujer aumentó el volumen de la radio que tenía en el banco, supongo que para llamar la atención de los agentes del orden.
—¡Hola Luís! ¡Cuánto tiempo sin verte! ⸺oí que le decía a uno de ellos.
—¿Qué te pasa, Tona, se te ha infectado una uña?
—¡Qué gracioso! ¿A qué se debe el honor?
—Pues ya ves, pasábamos por aquí y dijimos: seguro que la Tona tiene una cerveza fresquita para invitarnos.
—Ahí la tienes, échale un tiento al vidrio.
—Vamos a dejarnos de cumplidos. Buscamos a uno con las manos más largas de lo debido.
—¿Qué ha hecho?
—Sustraer un colgante.
—¡Uy, qué fino!
—¡Tona!
—¡Oye, oye!, aquí no sabemos nada. Y digo yo, Luís, ¿tanta bulla por un colgajo?
—Así es Tona, sobre todo cuando lo lucía una santa.
—¡Ahí te quiero ver! ¡Con la Iglesia hemos topado! Como te digo éste y yo reposamos nuestros huesos con musiquita cañera de compaña pa combatir el calor y ya está. Problemas los que me dan mis hijos.
—La madre que te parió ¿desde cuándo tienes tú hijos?
—Es un decir, Luís, joé, que no se puede una explayá ¿o qué?
—¿Podemos mirar?
—¡Qué educado!, mira…Allí en el rincón tenemos lo último de LoMónaco que nos trajeron ayer tarde y en el patio, al lado del naranjo tengo colgado el traje de fiesta. Cierra la puerta al salir, que hay corriente.
Pude ver como los dos policías pasaron junto a un banco donde una joven pareja masticaba chicle y hacían pompas al unísono, un tercero abrazaba un balón de fútbol y lucía una camiseta de la selección española. Más allá una persona mayor leía una revista sentado en un banco, medio oculto por los setos y una perra desde un balcón ladraba sin parar. Y yo en el centro de la plaza chapoteando al mismo tiempo que los perros. De vez en cuando sacaba la cabeza del agua para respirar, mientras que el dueño de los perros evitaba que terminasen ahogándome con sus zarpas. Les lanzaba naranjas agrias al otro lado de la fuente para que se desplazasen; la pareja de policías preguntó al resto de personas que estaban en la plaza hasta que se dieron por satisfechos…
—¡Nos vamos, Tona! Muchas gracias por tu invitación y cuida ese pie, más que nada por si te llaman para las olimpiadas.
—¡Adiós Luís!, no te preocupes, ya me han llamado pero no me gusta el clima de Londres, prefiero este nuestro, es mucho más acogedor.
Montaron en sus motos y abandonaron el sitio. La mujer se apoyó en su muleta y vino hacia el agua:
—¡Joé, paisano! Saca al colega del charco que va a coger una infección.
El hombre metió el brazo hasta el codo, me agarró por la camisa y me sacó al exterior. Los perros pretendían lo contrario.
—¡Linda, Bob! ¡Fuera, fuera!
—¡Aaahh, aairee! ⸺grité.
—Colega, te has puesto el traje que no lo admiten ni en la tintorería de la guarra de mi prima…Así que te gustan los colgajos de plata fina.
—¡Oye tú! ⸺protesté.
—Me llaman Tona, aquel de allí es mi tronco y éste que te ha salvado la vida se llama Bob, como su perro, ¿o es el perro el que se llama como tú?
—Da igual, Tona, lo importante es que aquí al amigo le hace falta un ayudita para que no agarre un resfriao.
—Por mí no se preocupen, pasado un rato estoy seco, con este caló ya verán, y luego me voy.
—¡Ni hablar, colega! Las reglas de urbanidad las respeta la Tona con cualquiera que lo necesite ⸺dijo la mujer⸺, así que sal de ahí antes de que se te atrofien los huesos, y ven conmigo que tiraremos de mi fondo de armario.
Salí de mi aposento soltando agua por todos los bolsillos y seguí el rastro de la Tona, que apoyada en la muleta avanzaba hasta su escondrijo. Desde el banco, su compañero contemplaba la escena apurando los últimos tragos de la cerveza de litro, entre calada y calada de humeante porro.
Comencé la noche en el refugio de la pareja, me invitaron a los restos de un pollo asado, que se habían dejado en una mesa del bar cercano, a una cerveza fresquita del puesto de chucherías y a unas chupadas del último canuto que les quedaba para consumir. Cuando en la plaza sólo se oía el chorreo del agua cayendo en la pileta mayor y se apagó la luz en todas las ventanas de alrededor, la Tona y su compañero separaron el colchón de la pared y lo tiraron al suelo. Cerca, colocaron unos cartones; allí me invitaron a que me tendiera. Ellos hicieron lo propio, eso sí: en el colchón. Los setos ocultaban el conjunto proporcionando la intimidad suficiente para que los tres nos dispusiéramos a pasar la noche. Intranquilo, me tumbé sobre un costado apretando en mi mano, con fuerza, el objeto perseguido por todos. No dormía. Como prueba de confianza dejé escapar unos cuantos ronquidos y esperé resultados: no tardé en notar como el compañero de la Tona se deslizaba cual serpiente por mis pies y se me acercaba hasta la cara, olisqueándome como si fuera un pastel. Aguanté. Luego noté que me hurgaba en los bolsillos y cuando parecía que no iba a poder resistir más tiempo sin dar un respingo, se oyeron unos pasos, “Ven aquí ⸺siseó la Tona”. El hombre se arrastró hasta el colchón y se tendió junto a la mujer. Y de repente irrumpieron como en manada cuatro hombretones de botas militares, sin un pelo en la frente y unas porras entre sus manos.
—¡Arriba, escoria! ¡Se acabó la siesta! ¡Aquí huele a podrido!
—¿Qué pasa, qué es esto? ⸺se sobresaltó la Tona.
—¡Aaayy! ⸺chilló su compañero.
—¡No grites, rata! ¡Levanta! Mueve tu culo o te chamusco los huevos.
—¿Qué queréis, desgraciaos? ⸺dijo la Tona.
—¡Sin insultar, señora! ⸺la Tona recibió una patada en el costado.
Viendo como se estaba poniendo el asunto, me metí el producto del robo en la boca y sin necesidad de un trago de agua siquiera, engullí la cadena con medalla incluida.
—¡Tú también, mamón, levanta! ⸺me dieron dos patadas.
En cuestión de minutos los matones repartieron bofetadas y porrazos a diestro y siniestro; nos arrastraron unos metros y le prendieron fuego al colchón.
—¡Fuera de aquí, lacra, inmundicia! ⸺gritó uno.
—¡No queremos basura en nuestras calles! ⸺secundó otro.
El escándalo fue cobrando cada vez mayores proporciones y pronto se encendieron algunas luces en los balcones del vecindario. Llegado a ese punto, los cuatro matones se dieron a la fuga, corriendo a toda velocidad por una de las estrechas callejuelas de los alrededores. La Tona, su compañero y yo nos revolcábamos por el suelo gritando, doloridos e impotentes ante tal vendaval de golpes que nos había caído encima. El humo alertó a unos y otros, llegaron hasta el lugar de los hechos unos vecinos y con cubos sacaban agua de la pila y la vertían en el rincón donde minutos antes nos hallábamos los tres tendidos. Se interesaron por nosotros y trataron de reanimarnos hasta que llegaron los servicios de asistencia sanitaria y la propia policía.
—Tona ¿qué te ha pasado?
—Ya ves, Luís, dejé el balcón abierto y entraron unos ladrones.
—Justo en la noche que tenías invitados.
—Así es la vida, Luís.
Nos llevaron al hospital con una tunda de palos en lo alto que casi no podíamos movernos. Yo tenía algunas costillas rotas, así que me hicieron unas radiografías y luego me metieron en una habitación donde me quedé dormido.
Al abrir los ojos me doy cuenta que no tengo compañeros ni a derecha ni a izquierda pero si a los pies de mi cama, “¡la jodimos!, ¿qué hace aquí la pasma?, ¿habré cagado la medalla y no me dado cuenta?”. Noté el vendaje que me tenían puesto y moví las piernas con disimulo. El guardia parecía no echarme demasiada cuenta. Dejé que pasara el tiempo hasta que me percaté de las cabezadas que daba mi vigilante. Un poco más de tiempo y lo tenía ya pegándose una siesta que para qué contar. Llegó mi hora, me tomé un zumo de naranja que había en la mesita, esperé el movimiento de tripas, apreté y sin que el guardia se diese cuenta, cogí la cuña que tenía al alcance de la mano y dejé que se limpiasen mis tripas. Enseguida obtuve resultados: había cagado oro. Así que aguanté la respiración y lié en papel higiénico la cadera con su medalla correspondiente; lo escondí bajo la almohada. Luego fingí que me daba un apretón y procuré que se enterase mi vigilante; le pedí permiso para coger la cuña y me la coloqué entre las nalgas. Mi acompañante hizo un gesto de asco y se retiró. Avisó a las asistencias, recogieron con sumo cuidado el pastel y se metieron en el cuarto de baño.
—Aquí no hay nada ⸺escuché.
—Pues la hemos cagado ⸺dijo el policía.
Me indicaron que me preparase para una segunda pasada por el aparato de rayos x. Así que lo primero que hice fue cambiar de sitio mi tesoro y esconderlo en lo alto de la ducha, por la gloria de mi madre que no lo entiendo ⸺decía el sanitario comparando las radiografías, a mí me está tocando las pelotas ⸺contestaba el guardia.
Volvimos de nuevo a la habitación y pedí permiso para asearme. Limpié hasta dejarme las uñas la medalla y la cadena y sin pensármelo dos veces, volví a engullir aquel bocado como si me estuviese tragando una ración de espaguetis.
Antes de la llegada del almuerzo me hicieron salir de la habitación para proceder a un minucioso registro, según creo. Por la cara que se les iba poniendo a mis vigilantes deduje que de un momento a otro me sacarían de allí en volandas y me llevarían a Comisaría.
Tuve que cumplimentar un largo proceso de preguntas y más preguntas, alguna que otra amenaza y firmas por aquí y por allá, pero al final, resentido aún por la paliza de aquellos brutos, salí con mi escapulario en las tripas deseando, ahora sí, que me diese otro apretón para convertir cuanto antes mis gases en euros y poder tomarme una birra con la Tona y su compañero, si es que aún sigue paseando su muleta por los alrededores de la pileta de los perros.
EL ÁRBOL DE LAS LIANAS
Habían salido del botellódromo con la música del coche huyendo por las ventanillas desnuda de todo ropaje. Cuando llegaron al lugar establecido no encontraron a nadie en los alrededores que les llamara la atención, por eso Mario reprendió a Raúl de inmediato:
—¡Quita la música, mamón, que aquí estamos vendidos!
—No me da la gana… el carro es mío…
—¿Qué quieres?¿Que se nos echen encima los vecinos? ¿Eh, mamón?
—¡Que no la…quito!
—Vamos Raúl ¿a qué hemos venido aquí? ⸺dijo Elisa
—A que me la chupéis ⸺respondió Raúl.
—Está que se cae, ya la quito yo ⸺dijo Laura.
Salieron los cuatro del coche, con vasos de tubo en las manos y se fueron a la parte más oscura del parque, dónde dos días antes descubrieron que a la verja le faltaba un barrote y con un poco de maña y tal vez la ayuda del gato articulado, podían entrar.
—Pero…¿a dónde vais, perras sarnosas?..arrastradas por el suelo…⸺dijo Raúl.
—Será mejor que te calles, mamón, no queremos que nos oigan.
—¡Oye tú!..¿Quién te has..?
Elisa lo agarró por la camisa.
—¡Calla de una vez! Si está mamado, túmbate en el suelo y espéranos, ¡no jodas más!
—Yo tengo algo de miedo ⸺confesó Laura.
—¿Miedo de qué? ⸺dijo Mario.
—Eso ya lo discutimos, ahora será mejor que estemos calladitos ⸺cortó Elisa⸺, apura el vaso y prepárate para el momento sublime.
—Me meo ⸺dijo Laura.
—¡Joder! ⸺protestó Mario.
—¡Vete por ahí y mea, leche, y déjate ya de nervios!
Elisa y Mario se aproximaron a la glorieta y dejaron a sus pies las mochilas que portaban en sus espaldas. Sacaron de ellas unas cuantas herramientas y esperaron la llegada de los otros dos.
—¡Vamos Raúl! No tenemos toda la noche ⸺dijo Mario.
—Yo no sé…¿dónde me pongo?..voy…
—¡Agáchate ahí de una vez! ⸺lo empujó Elisa.
Luego llegó Laura. Mario se apoyó en los hombros de Raúl y comenzó a trepar por el pedestal hasta situarse en una posición desde la que podía tocar el cuello de la diosa.
—¡Pásame la cuerda! ⸺le dijo a Elisa.
La muchacha así lo hizo por lo que al poco rato estaba unido a la estatua por una resistente cuerda de nylon que evitaría que diese con sus huesos en el suelo. Luego le pasaron un serrucho y otra cuerda con la que ató la parte superior de la cabeza. Tiró el resto de la cuerda, que recogieron los de abajo, mientras que él buscó un resquicio donde meter un resistente estilete que llevaba en la mochila.
—Ahora silencio ⸺dijo Mario desde la altura.
—Yo no sé…
—¡Calla Raúl, cojones! ⸺protestó Elisa.
Nada se oía. Tórtolas, periquitos y mirlos reposaban. Todo era paz en medio de aquella jungla urbana. Mario colocó el punzón, tomó el martillo con su mano derecha y dio un golpe seco. Esperó un minuto. Silencio. Otro golpe. Y un tercero, el tiempo transcurría lento…
—Me meo ⸺dijo Laura.
—¡Chisst! ⸺mandó callar Mario⸺ ¡Vamos, preparaos!
Las dos mujeres sujetas a la cuerda se fueron alejando del pedestal hasta que ésta se tensó.
—¡Raúl! ¿A qué esperas? ⸺dijo Elisa
—Yo…lo que pasa…
—Sigue mamado ⸺dijo Laura⸺ le advertí que tuviese cuidado, pero él…
—¡Vamos, arriba, mamón! ⸺le apuró Mario.
Raúl terminó por incorporarse y a duras penas llegó hasta el extremo de la cuerda.
—Ya estamos, Mario ⸺dijo Elisa.
—¡De acuerdo! Todos a la vez, eh ⸺respondió éste⸺, ¡A la de una, a la de dos y…Ahora!
Desde lo alto, Mario empujaba aquella cabeza de granito que tan pequeña parecía a lejos, mientras que los demás tiraban de la cuerda con toda la fuerza que les permitían sus músculos. Se formó una grieta alrededor del cuello de la diosa, se inclinó y dejó ver que en lugar de tráquea, disponía de un cilindro de hierro forjado. Pararon un momento para recuperar fuerzas, volvieron a tirar, hasta que Mario ordenó:
—¡Quietos!
Mario sacó de la Mochila una sierra, se colocó bien los guantes de faena e inició un lento movimiento de corte, centrando todas sus energías en los bíceps y tríceps. Los otros se tiraron en el suelo a la espera de nuevas órdenes. Laura bebió de una botella. Raúl le dio un manotazo…
—¡No bebas, que te meas!
—¡Me cago…!
—Eso también.
—¡Queréis callaros! ⸺medió Elisa⸺ ¿queda mucho, Mario?
—Ya casi está ⸺contestó⸺ y mejor será que no alborotéis.
Se oía el roce de la lima con la ferralla, el croar de una rana y el respirar fatigado de Mario que no podía contener el sudor de la frente.
—¡Vamos, preparaos!
Mario revisó la atadura de la cuerda, cambió el punto de aplicación para que fuese más efectivo y dijo:
—¡Ahora!
Los de abajo volvieron a tirar de la cuerda y Mario empujaba cuanto podía en el mismo sentido, hasta que en un momento la inclinación de la cabeza daba a entender que estaba a punto de ceder y el cuello de la diosa terminaría fraccionado.
—¡Tirad fuertes, mamones, que está a punto de irse al carajo!
Los tres de abajo se afanaron tanto en tirar que la tráquea terminó quebrándose.
—¡Vale, vale! ⸺gritó Mario⸺ ayudadme a bajarla.
—¡Hostias, la tenemos, la tenemos! ⸺celebraba Laura.
—¡Choca esos cinco colegas! ⸺le dijo Raúl a Elisa.
—¡Vamos, vamos, no os entretengáis! ⸺riñó Mario.
Con ayuda de una red deslizaron la pesada cabeza hasta que tocó el suelo.
—¡Ayudadme a bajar!
Volvieron a situarse a los pies del pedestal con Raúl soportando en sus hombros el peso de Laura y Elisa haciendo de contrafuerte. En pocos minutos, Mario llegó a tierra. Saltaron, brincaron y lo celebraron con un trago de la botella, sorbiendo a gollete.
—No perdamos tiempo, recogedlo todo, voy subiendo al ficus ⸺dijo Mario.
—Yo me meo toa ⸺Laura se agachó allí mismo.
—¡Quiya! ¿Qué haces?, que te veo ⸺dijo Raúl.
—Pues no mires, coño.
Elisa le dio una colleja.
—¡Déjate ahora de choradas, no es el momento, vamos!
Mario trepó por el tronco del árbol de las lianas como si del mejor rey de los monos se tratase, así que al poco ya tenía preparada la cuerda con la que pensaba izar la cabeza decapitada de la estatua.
—Estoy listo ¿a qué esperáis?
—A que la niña tire de la cadena, ¡jua, jua, jua! ⸺se mofaba Raúl.
—¡Vamos, hostias! ¿A que terminarán por descubrirnos? ⸺protestó Mario.
Engancharon la red e hicieron llegar hasta él la cabeza de la diosa.
—¡Mario! ⸺dijo Raúl⸺ quiero subir.
—Tú estás loco ⸺respondió Mario.
—De verdad, colega, tengo ganas de saber que se siente.
—Lo que está es como una puta cabra ⸺protestó Laura.
—Que no joé! ¡Que quiero subir!
—Quiyo, de verdad ¿por qué no te piras y nos esperas en el coche? ⸺le dijo Elisa.
—He dicho que quiero subir ¡joé!, quiero grabar desde lo alto.
—¡Déjalo! ⸺señaló Laura.
—Que haga lo que le salga de los cojones ⸺indicó Mario⸺ yo estoy terminando ya de atar esto.
Raúl se agarró como pudo al tronco, se apoyó en una liana y en la cuerda utilizada por Mario; éste le ayudó a llegar a la rama donde se hallaba la pétrea figura. Se fue animando y ascendió por su cuenta un poco más, al tiempo que su compañero regresaba al tierra.
—¡Raúl, mamón! No subas más, nos tenemos que ir, graba y bájate ⸺le dijo Mario.
—¡Qué guapada, tío!
—¡Venga, Raúl, baja! ⸺le gritó Elisa.
—Yo me abro, este tío está más que loco ⸺protestó Laura.
Raúl trepaba, se reliaba con las lianas y ganas le daban de lanzarse al vacío para caer de pie en otra rama.
—¡Venga Raúl!
—¡Vamos!
Y en una falsa maniobra le temblaron las piernas y no pudo asirse con seguridad a ningún soporte. Su cámara de fotos salió volando y él sin control sobre su cuerpo se enredó con una liana que le presionó el cuello y lo dejó colgando del ficus a la misma altura donde reposaba la imagen inerte de la desdichada diosa.
EL MUNDO NOS ESPERA
Blanca trabaja de cajera en un supermercado, aunque a ella lo que de verdad le hubiese gustado es ser actriz. A su lado, Paco, realiza la misma función, sólo que él tiene otros proyectos en su cabeza: recorrer el mundo a los mandos de un viejo autocar reconvertido en vivienda.
Por las mañanas antes de entrar en el supermercado, desayunan juntos en el bar de la esquina y mientras devoran la tostada con aceite, miran por los cristales y contemplan el deambular de la gente, siempre con prisas para coger el autobús o cruzando el semáforo sin esperar su turno. Intercambian alguna mirada de connivencia y al final terminan fijándose en el parque infantil, solitario en tan tempranas horas. Se miran a los ojos y se fijan en sus respectivos uniformes, inmaculados, con la placa identificativa a la altura del corazón.
—A ver que nos espera hoy ⸺dice ella.
—Me temo que lo de siempre ⸺responde él.
Luego abandonan la cafetería y se mezclan con el resto de compañeros. Reciben las instrucciones del encargado del super y se disponen a llevar a cabo su tarea: Blanca comienza el día reponiendo las estanterías de los lácteos y Paco de primeras a la zona de cajas.
Ella, recuerda cuando todo este espacio lo ocupaban las butacas del cine, como eran sus paredes, las escalinatas que conducían al gallinero y aquella pantalla tan enorme en la que comenzó a fraguarse su ilusión de ser estrella del celuloide. Cada vez que salía de la sala, veía reforzada la idea de ser ella que un día transmitiría sensaciones a los espectadores.
El, fija su mirada en los extranjeros que entran en la tienda con indumentarias veraniegas ¡cuánto le gustaría ponerse en su lugar! Lleva cinco años ahorrando, sin un descanso en condiciones, con tal de poder embarcarse en alguna aventura lejos de tanto cemento y asfalto como le rodea. Tiene hablado con su cuñado para que le alquile la furgoneta del negocio familiar y reventarla a kilómetros. De vez en cuando algún cliente le sonríe y trata de sacarlo de su ostracismo, “Aquí estamos, señora”, “Ya ve usted, señor”.
Desde la cafetería contemplan el tráfico, lo ridículo de la plazoleta rodeada de autobuses de línea, autocares de excursiones programadas, vehículos particulares, taxis, motos y apenas unas robinias y catalpas aguantando toda la humareda que sale de los tubos de escape que ⸺a ellos⸺ se les antoja insuficiente para que el aire pueda respirarse a pleno pulmón. Paco sueña con una isla desierta de playas vírgenes y Blanca también, solo que con la infraestructura necesaria para rodar unos primeros planos que causasen furor. Viven el discurrir de sus días en el interior del antiguo cine como si fuera una especie de condena de la que no pueden escaparse, porque de lo contrario ¿de qué vivirían? Más de una vez se han quedado absortos contemplando como las palomas se aproximan a la gente sentada en el banco, a la espera de que se levanten por si pueden apurar alguna migaja que llevarse al buche.
—¿Por qué no emigrarán a otros sitios, ellas que pueden? ⸺dice Paco.
—A lo mejor, la cosa está aún peor y aquí por lo menos tienen un árbol donde cobijarse, una fuente para beber y unas migas que recoger ⸺contesta Blanca.
—Vida primaria.
—Como la nuestra ¿tú sabes que estudié en la escuela de arte dramático? ⸺dice Blanca.
—No lo sabía.
—Aunque, ya ves ¡de cajera! La semana que viene hay un casting.
—¿Pedirás permiso?
—Ya veremos, el encargado está de un sieso subido.
—Enséñale el escote.
—¡Qué dices!
—¡No, nada! Es broma, aunque suele dar resultado.
—Se entera mi madre y me cuelga.
—¿Y por qué habría de enterarse?
—¡Uy, que tarde! ¡Anda, vámonos ya!
En la calle el aire es cálido, el verano se asoma y aunque apenas son dos pasos hasta la puerta del supermercado, para Paco resulta suficiente: se le llena la sangre de ansias evasivas; otra estación más que llega y otra oportunidad que se le escapa. Los números seguían sin cuadrarle, no le alcanzaban para cubrir todos los gastos “¿y si dejase el trabajo? ,se preguntaba a veces” “soy habilidoso, puedo buscarme el sustento en cualquier otro sitio que no sea este penal con aire acondicionado” “¿Qué dirían mis padres?, ¿qué le diría a mis hermanos, a mis amigos?”. Pero Paco no era como las palomas, ni siquiera le hacían falta las alas para seguir volando. Tenía tiempo; un verano más y la cuenta bancaria tomaría otro color y además, es posible que le alcanzase para la compra de una furgoneta de segunda mano, en lugar de estar pensando en la que le ofrecía su cuñado ¿quién sabe?
“Adelante señora, puede usted pasar por aquí, hagan el favor de respetar la cola” “Lo siento, caballero, pero su tarjeta no está operativa”, “Eso tendrá usted que hablarlo con el encargado, yo no soy más que una empleada”, “¿Y yo qué culpa tengo que a usted le hayan dado una moneda falsa?”, “¿Miguel, puedes darme un relevo, necesito ir al baño?”, “¿Qué hora es?”, “Lo siento, señor, tenemos que cerrar”, “A mí me pagan por aguantar esto y mucho más, qué se cree usted”, “Miguel, aquí hay un descuadre”.
—¿Por qué te has pintado de rojo los pelos, Blanca?
—Me lo exigen en el casting.
—¿Y no te ha dicho nada el encargado?
—De todo.
—¿Y?
—Ya ves.
—¡No me digas que le has enseñado las tetas!
—Las artistas tenemos eso.
—¿Y tu madre?
—No habíamos quedado en que no se enteraría de nada.
—¡Qué no, tonta!, me refiero a los pelos ¿qué le has dicho a ella?
—Aún no me ha visto.
—Pues yo he decidido que este verano, tampoco.
—¿Tampoco qué?
—Tampoco me largaré, aún no tengo suficiente.
—¡Ya!
Casi todos los días una pareja de ancianos llegaba al banco más cercano a la parada del autobús, se sentaban y charlaban durante todo el rato que duraba el desayuno de Blanca y Paco, hasta que uno de los dos ancianos se levantaba y se iba para el autobús, a continuación lo hacía el otro…
—¿De qué hablarán? ⸺dijo Blanca.
—De qué va ser, de las pensiones, de los médicos, a lo mejor del inserso.
—¿Y tú por qué lo sabes?
—Leo en los labios.
—¡Si, vamos! ¡Desde aquí!, no te fastidia ¿no te da pena?
—Por eso tengo que hacerme de la furgona.
—¿Te irías solo?
—A no ser que quieras acompañarme.
—¿Y mi carrera?
—¿La de cajera?
—¡Pero qué tontísimo eres!, me han cogido en el casting.
—¡Ah, enhorabuena, señorita! ¿Cómo debo llamarte a partir de ahora?¿Tendrás que cambiar de nombre, no?
—¿No te gusta el mío?
—Me encanta, pero como las artistas sois muy dadas a los cambios, no sé yo que decirte.
—Cuando me veas en los títulos de créditos ya te enterarás de quién soy yo.
—¡Ah, sí!, los títulos.
De nuevo a la calle, al encuentro con el resto de trabajadores de todos los días y a esperar las órdenes oportunas para saber por dónde comenzar.
Las estaciones se sucedieron, la plazoleta se cubrió de hojas, de agua, de cera…Palomas y gorriones seguían compitiendo por los mismos restos de sustancias aprovechables para sus estómagos y el dueño de la cafetería se quejaba de la imparable subida de impuestos…
—¿Lo tienes claro?
—Más que claro, Blanca, mañana mismo voy al banco. Ya se lo he dicho al encargado.
—¿Y la furgoneta?
—Lo tengo previsto.
Paco se presentó en las puertas del banco con los números muy claros y la frente despejada para dar el paso definitivo. Al llegar se encontró un revuelo poco habitual. Preguntó. Nadie sabía que pasaba, pero lo cierto es que estaba cerrado y por tanto se esfumaba la posibilidad de lograr su objetivo. Ignoraba que podía pasar, se tuvo que volver al supermercado y en el transcurso de la mañana se fue enterando que había problemas en la banca, que habían retenido los fondos y que los clientes no podían de momento, disponer de ellos. Se le caían las estanterías encima conforme iban avanzando las agujas del reloj.
—¿Qué te pasa, Paco? ⸺le dijo Blanca.
—No me dejan manejar mi dinero.
—¡Qué putada! ¿Y qué vas a hacer?
—No rendirme.
En la hora del almuerzo intentó en varios cajeros obtener fondos y apenas le daban una limosna de su propio dinero. Tenía pedido los días, había conseguido convencer a otros compañeros para que le cuadrasen, con la connivencia del encargado, con el visto bueno de sus padres, con el beneplácito de su cuñado que accedió a dejarle furgoneta sin coste alguno, siempre que pasease el teléfono de la empresa por allí donde fuera. No hubo arreglo; el banco alargó los plazos en la resolución del conflicto y un año más, Paco se quedó sin vacaciones y por el momento, sin dinero.
—Lo siento Paco ⸺le dijo Blanca.
—No importa, seguiré batallando, ¿y tu película?
—Ayer me dijeron que no pasé la última prueba.
—¡Joder!
—Pero no importa, voy a seguir igual, tragándome cientos de películas para seguir aprendiendo y echando currículos por todas partes.
—¡Ya! ¿Y te piensas quedar con los pelos rojos?
—¡Hombre!, luego del esfuerzo que supuso la prueba del encargado…
—¡Ja,ja! Desde luego no sé ni como nos reímos con la ruina que tenemos en lo alto.
—Qué quieres que te diga, muchacho, de momento seguimos contentos con el curro, un plato de comida y un techo ¿te parece poco?
—Pues sí.
Paco se acordó de una vieja cámara doméstica que nadie usaba en su casa y le propuso a Blanca que dada su afición al cine, su nuevo look y el cúmulo de acontecimientos que les estaban ocurriendo a los dos ¿qué tal si aprovechaban los ratos libres y se dedicaban a grabar?
—Blanca, dime una cosa ¿tú tienes novio?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Ya te enterarás ¿lo tienes o no?
—No lo tengo, tonto, ¿por qué te interesa?
Cada rato que se veían, incluidos los días libres, lo dedicaron a poner un poco de orden en lo que pasaba en la puerta de los bancos, en el interior del supermercado, en la plazoleta, en las casas de compra-venta de vehículos usados. Él la grababa a ella; ella lo grababa a él y a los dos lo grabaron sus compañeros y amigos. Se machacaron los sesos esbozando un guión, tiraron a la basura una docena de cintas y al final se quedaron con un corto de tres minutos que colgaron en YouTube con derechos de autor. Crearon un sitio web y esperaron acontecimientos. Durante un par de semanas se encontraron por las mañanas y no se atrevían a preguntarse nada.
—¿Cuándo vas a cambiar el luck?
—Un día de estos.
—¿Es una promesa?
—¿Cómo lo sabes?
—Soy adivino.
—¡Ja,ja,ja!
A la tercera semana, Paco, llamó a Blanca:
—¿Has entrado en la página?
—Casi no me atrevo, me da miedo.
—¡Hazlo!
—Pero qué pesado, ¡dime algo!
—Ni lo sueñes, entra.
La web era una río desbocado de gente que no paraba de hacer comentarios. El video subía por minutos en la lista de os más visitados. Muy pronto Blanca y Paco pasaron a ser los empleados más conocidos del supermercado, no solo porque sus compañeros no dejaban de felicitarles, sino porque la propia clientela preguntaba cada día quienes eran los protagonistas de esa película que estaba arrasando en interné. Triunfaron. Dejaron aquella tienda que rezumaba filmografía y se establecieron por su cuenta montando un estudio desde el que producían películas cortas que a través de interné llegaban a la televisión y ahora si trabajaban codo con codo: Blanca a la espera del gran salto pero disfrutando de sus montajes y Paco con el autocar en la puerta, preparado y dispuesto para tomarse unas largas vacaciones alrededor del mundo, eso sí, ya nunca dejaría atrás su cámara, ni la estela de la primera actriz de su compañía: Blanca Sigler.
EL PRESTIDIGITADOR
Cuatro
Desde el banco de madera observaba el giro que efectuaba aquella grúa que sobresalía por encima de las palmeras y de la cúpula del hotel. Los transeúntes se detenían para llevarse un recuerdo en su cámara de fotos. La mezcla entre el avance de los tiempos en forma de brazo articulado de gigante y la arquitectura propia de los años veinte, creaba una atmósfera que no pasaba desapercibida. Como además llegaba el refrescante gorgoteo del agua de la fuente, la tentación resultaba imposible de superar. Los transeúntes se paraban, miraban todos en la misma dirección y presionaban el disparador de sus cámaras de foto. Cuando el grupo era considerable, Julián, sentado de espaldas a la zona de bares, extraía de una bolsa un pliego de papel y con parsimonia elaboraba un cucurucho que sostenía en su mano izquierda; luego se quitaba el sombrero y lo colocaba en la parte descubierta del cono. Hasta ese momento nadie le prestaba atención, las fotos tenían preferencia, pero cuando él creía que había llegado su momento, inclinaba la cabeza, manipulaba el sombrero y emitía un sonido gutural tan insospechado que bien parecía que portaba en sus manos una partida de pollitos. Alguien se percataba de la situación, miraba , se lo decía a otro y éste a otro. Así hasta que se animaban y acudían al reclamo de Julián, que sabiéndose observado aumentaba el volumen de su reclamo como si de repente estuviesen brotando pollos del cucurucho mágico. Cada vez tenía más gente observándolo. La grúa ya no resultaba interesante, el centro de interés de la plaza estaba ahora bajo el influjo de Julián que se movía, se asomaba por debajo del sombrero y hacía que la camada de pollitos estuviese cada vez más revoltosa. El corro a su alrededor crecía. Nadie veía nada, tan solo los movimientos de aquel personaje diminuto que mantenía el centro de atención en el cucurucho mientras silbaba entre dientes sin mover un solo músculo de la cara. Ya era el dueño de la situación, se movía de aquí para allá, giraba sobre sí mismo y se detenía delante de cualquiera para acercarle delante de los ojos el manojo de pequeñas criaturas que portaba en sus manos. La gente se lo pasaba en grande, preguntaban unos a otros cómo lo hacía; había quién aseguraba que los pollitos tenían plumones amarillos, otros que se los había pintado de verde. Un niño afirmaba que le picaron, una señora quería comprar media docena. El público se relajaba, se divertía, fijaba su atención en el sombrero a la espera que de un momento a otro saliese volando impulsado por el motor de unas pequeñas aves y en el éxtasis del paroxismo, cuando los aplausos eran más sonoros, Julián daba el triple salto mortal: elegía la carnaza más adecuada, cogía el sombrero, lanzaba al aire el pliego de papel e introducía en su bolsa la bolsa ajena. Todos seguían pendientes del trozo de papel, buscaban explicaciones y no salían de su asombro. Julián se plegaba en señal de agradecimiento y en pocos minutos estaba dentro del tranvía que por esas fechas decoraba sus laterales con imágenes de un gran circo que visitaba la ciudad. Vida de artistas.
Tres
Julián llegó al banco de madera que daba a la fuente y se acomodó lo mejor que pudo. Sus pies apenas rozaban el firme del suelo. El amplio espacio que tenía delante le permitió contemplar el deambular de la gente de un lado a otro de la calle. Pasó un coche de caballos con su rechinar de cascos y el tintineo de las campanillas que adornaban su bozal; al poco llegó el tranvía con su acompasado traqueteo. Julián fijó su mirada en el baño de las palomas que aprovechaban la caída del agua de la plataforma superior a la inferior de la fuente. A los diez minutos inclinó la cabeza sobre el pecho y sin que se le desprendiese el sombrero, entró en un estado de letargo de imprevisible duración. Era su rutina.
Tres jóvenes que pasaban junto a él, se fijaron en su postura y decidieron hacerse una fotografía, situándose a sus costados. Le hicieron burlas, rieron, le pasaron la mano por delante del sombrero y al final se marcharon. Pasados unos minutos, el hombre, levantó la cabeza, se quitó las gafas de sol y el sombrero, se metió las manos en el bolsillo y palpó el suave tacto del dinero fresco. Se levantó y se dirigió hacia el pequeño andén que le daba acceso al interior del tranvía para acto seguido sentarse al lado de una ventana. Desde allí pudo ver como los jóvenes, que no hacía mucho disfrutaron con él, ahora parecían maldecirle: trataban de explicar a los transeúntes como había desaparecido la cartera de uno de ellos y dónde podían encontrar a quien hace poco se hallaba en aquel mismo lugar.
Dos
El coche de caballos llevaba en sus asientos a dos turistas tratando de atender a todas las explicaciones que le señalaba el cochero, chapurreando un inglés macarrónico. Sus cuellos giraban de un lado a otro como impulsados por un resorte: seguían al compás del dedo índice del hombre, al tiempo que trataban de consultar en la guía de la ciudad lo que parecía coincidir con sus indicaciones. El más hiperactivo de los dos grababa sin parar todos los acontecimientos como si fuese la última oportunidad de su vida de realizar una toma fuera de serie. A su vez, el hombre del pescante, confiado en la pericia de sus muchas horas de servicio, se arriesgó a cruzar por delante del tren metrocentro. Al hacerlo, el caballo dio un traspiés y se hincó de rodillas. El coche se inclinó y de sus tres ocupantes el peor parado fue el turista de las grabaciones que salió despedido por la portezuela lateral cayendo de bruces en mitad de la calzada. Chirrió el tranvía. Se oyeron gritos de los transeúntes. Muchos se precipitaron al lugar de los hechos para socorrer al desdichado hombre que se había quedado tendido en el suelo sin mover un solo músculo. El caballo logró incorporarse; su dueño bajó del pescante, le apretó el bocado con ambas manos hasta hacerle babear como perro sarnoso y el otro turista se bajó temblando y se unió al corro de transeúntes, abriéndose paso como pudo. El conductor del tranvía abrió la puerta de la cabina y se puso las manos en la cabeza. Los pasajeros del metro hicieron lo propio y se aproximaron a su vez para ver que había pasado. No tardó en sonar alguna sirena. El corro se expandía cada vez más. En medio de tanta confusión una figura diminuta, con un sombrero entre sus manos, consiguió mezclarse entre unos y otros. La gente se empujaba, iban, venían, comentaban y trataban de explicarse como había podido suceder. Cada cual daba su versión de los hechos dependiendo del lugar espacial que ocupara en el momento que se escuchó el chirrido del tranvía. Llegó la policía, se estableció un cerco de seguridad y todos se fueron alejando hasta situarse detrás de la cinta que iban desplegando los agentes. Julián se dejó arrastrar, lo llevaban casi en volandas, sus manos de prestidigitador utilizan el sombrero cual paño del artista que nunca deja ver que hay debajo. Llegó una ambulancia, el turista parecía que reaccionaba, la gente no quería perder detalle. La policía levantó atestado oficial.
Cuando el caballo siguió su camino y el tranvía reanudó el suyo, Julián caminó impertérrito con una mano en el sombrero y otra en el bolsillo, palpando el suave tacto de una cartera de cuero. Pensó tomarse una caña, pero desistió de su idea.
Uno
Cuando las tardes se hacían soportables y las palomas cesaban de bañarse en la fuente, Julián se ponía su chaqueta de verano, pantalones a juego y zapatos de rejilla. Cogía el sombrero más claro de su colección y se iba al banco de madera. No era tiempo de dormir; en una losa del suelo, a un paso de él, colocaba un billete de veinte euros, al que adjuntaba una gota de pegamento rápido, lo presionaba unos segundos y allí quedaba, reluciente y llamativo. Luego se sacaba un periódico de edición gratuita del bolsillo de su chaqueta y se ponía a leerlo. Con toda la parsimonia de un buen pescador, esperaba resultados. A veces, pasaba alguien, miraba de reojo pero no se atrevía a acercarse al billete; otras veces, la misma persona, sola o en compañía de otra, daba la vuelta y volvía a pasar por el lado de Julián, al que contemplaba absorto en su lectura, pero no se atrevía a tomar ninguna postura. Terminaba desapareciendo. Otras era advertido por un honrado transeúnte; se agachaba, cogía el billete y daba las gracias. Vuelta a empezar. Hasta que, tras varias tentativas, aparecía la persona adecuada que en primera instancia se sentaba, pasado un momento, miraba a un lado y a otro, observaba a Julián que seguía impasible con la lectura; en momento dado se agachaba tratando de amarrarse el cordón del zapato.
Eran instantes de gran precisión porque en esos momentos entraba en juego la función táctil de los dedos que al notar el suave dulzor del dinero fresco, ponía en alerta la habilidad necesaria para que el vecino no percibiese el trasiego financiero.
Una sonrisa, una tos seca, un estornudo para estabilizar el sentido nervioso y a continuación la persona en cuestión abandonaba el banco con el billete arrugado en el cuenco de la mano. Julián hacía lo propio pero en sentido contrario, a sabiendas que en el peor de los casos, el sufrido ciudadano, regresaba al lugar de los hechos con el rostro cambiado de color, echando en falta algo más que su honra.
Cero
La suerte de Julián comenzó a cambiar el día que decidió dar un nuevo giro a su vida y tomarse una copita de buen vino, antes de marcharse para casa. Esa fue su perdición. En ese trance era incapaz de dominarse. Se le iba la lengua. Comenzaba a charlar con unos y con otros e incluso se ponía a llevar a cabo alguna de sus habilidades en la barra del bar más próximo. Un camarero se fija en él, relaciona lo que cuenta la prensa con la figura de Julián. Hay un policía que es cliente asiduo, que tiene cierta amistad con el camarero y aunque no coincide en horas con el prestidigitador, si que se entera de lo suficiente como para picarle la curiosidad y apelar a su orgullo profesional. Lo espera. Consigue que Julián le haga una demostración en pleno bar, repleto de gente, de su capacidad de seducción; incluso con una copa de más y en menos de cinco minutos se hace con la cartera de un cliente sin que ninguno de los presentes ⸺excepto el policía⸺ se dé cuenta: espalda con espalda, sentado junto a su víctima, se hace con el bolso que cuelga de la silla, lo manipula con toda la naturalidad del mundo, se levanta y se la muestra al impertérrito servidor de la Ley y el Orden, que no da crédito a lo que está viendo. No sabe si esposarlo o darle un aplauso, así que opta por el camino de en medio y le invita a tomar algo en otro lugar. Julián habla y habla, le refiere parte de su vida, de sus desgracias personales, de su afición a la bebida que le alejó de su familia, perdiendo su imponente carrera de número uno en prestidigitación, de cómo pudo rehacer su vida, de lo tranquilo que vivía en un apartamento para él solo. El agente del Orden lo escuchaba, le iba dando confianza y antes de que se diese cuenta se encontró en una habitación con una mesa muy larga, cuatro sillas y un espejo. Vencido por el sueño echó la cabeza sobre sus brazos y comenzó a roncar.
UNA CLASE MAGISTRAL
Existe una tendencia generalizada a confundir a los aviones con las golondrinas —decía el profesor—, cuando, si nos fijamos bien no puede haber confusión. Veis ese grupo de nidos debajo del pretil, del que entran y salen pájaros? “Los vemos, los vemos" —repetían los niños. “¿a que se les nota el blanco que resalta sobre el negro, cerca de la cola? ¿lo veis?”. “Lo vemos, lo vemos”. “Ea, pues ya tenemos dos notas más que suficientes para que en el futuro nos los confundáis más. Esas características que os he señalado no se dan en las golondrinas, ya que éstas son más esquivas, hacen sus nidos a cubierto, no en la calle y además sus tonos son más azulados, nunca destaca el blanco como en el caso que estamos presenciando ¿lo veis?”. “Lo vemos, lo vemos”.
—¡Don Hilario!
—Dime Juanito.
—Yo veo también unos hombres muy grandes debajo de los nidos.
El niño señaló la pared amarilla de aquel solar abandonado.
—¿Hombres muy grandes, Juanito?
—Sí,don Hilario, si usted se fija bien, cuando pasan los aviones que parecen golondrinas…
—¡Jajaja!
—¡Silencio!
Juanito Hidalgo, con su dedo, le marcó el contorno de una figura humana reflejada sobre el amarillo, que se desplazaba de un lado a otro y parecía coger son sus manos a los aviones en vuelo. El resto de compañeros —absortos— cesaron en sus risas y tomaron posiciones más idóneas para ver el trasiego de aquella imagen en negro que saltaba, brincaba y parecía atrapar con sus manos a los pájaros en vuelo. A veces rodeaba con la palma el contorno de los nidos y esperaba la llegada del alguno de ellos para que se posasen en la improvisada pista de aterrizaje que les preparaba. Las pequeñas cabezas asomaban sus enormes boqueras y se les oía chirriar en demanda de su parte de ración alimenticia. Cuando el padre o la madre abandonaban el nido, la figura simulaba con sus manos el vuelo de un ave y se dejaba llevar hasta los límites de la pared amarilla.
Don Hilario se esforzaba por seguir explicando otros aspectos de la vida de las aves, “mirad niños, en aquella antena se ve la figura de un pájaro más gordo ¿sabéis cual es?” “¿Don Hilario, quién es ese señor? —pregunta uno.” “ ¿por qué se ve tan grande?” “¿cómo se puede hacer eso?”
—Don Hilario, lo de la antena son tórtolas, ya nos lo dijo usted el otro día —dijo Juanito—, pero ahora queremos saber de dónde viene ese hombre.
Un señor que se acercó al servicio de bicicletas del ayuntamiento, tuvo que abandonar su intento porque le llamaba más la atención de lo que ocurría en la pared que las indicaciones que le ofrecía el poste automatizado del servicio. Se unió al grupo de niños.
Una señora con el carrito de la compra, que se había sentado en un banco de forja para fumarse un cigarro, terminó por levantarse y unirse al grupo, dado que sin tener una clara visión de los acontecimientos, le pudo más la curiosidad que su necesidad de reposo.
“Vamos a ver, niños —insistía el maestro—, creo que nos estamos desviando del tema que íbamos a tratar esta mañana, eso de ahí puedo que esté muy interesante, pero no tiene nada que ver con la clase de hoy” “¿cómo que no,don Hilario, ha visto usted lo que le hace a las golondrinas?”, “¿a las golondrinas?”, “bueno, a los otros que no son golondrinas” “¡ja, ja, ja!””¡Esto no puede ser!”
—¿Oiga, le puedo hacer una pregunta? —dijo el hombre de la bici.
—Dígame usted, caballero —respondiódon Hilario.
—¿Cómo ha conseguido usted ese montaje tan espectacular?
—Mire usted, sobre so —señaló la pared— yo no sé nada. Nosotros estamos aquí por los aviones.
—¿Los aviones? —intervino la señora del carrito— ¿qué aviones?
—¡No, no señora! No estoy hablando de los aviones que usted se imagina, me refiero a los pájaros…
—¿Usted es el maestro de esos niños?
—¡Si señora!
—“Pobres”
—¿Decía usted, señora?
Los ocupantes de una furgoneta que llegaba a la altura de los hechos se detienen y se quedan atónitos viendo los movimientos de la figura de negro. No tarda mucho tiempo en formarse una pequeña cola de vehículos, que al no tener acceso a las imágenes, se impacientan y hacen sonar el claxon. Mientras tanto los aviones a lo suyo: trasiego continuo de vuelos, aterrizaje en el filo del nido, ceba de crías y vuelta a empezar. Unos gorriones, en vista de lo animado que se estaba poniendo aquel espacio, deciden llamar a sus congéneres y tomar posiciones en los balcones próximos o en cualquier saliente de las paredes colindantes...Mucha gente significa comida. “A ver, niños, me parece que nos estamos extralimitando en nuestras funciones de clase práctica, y por tanto vamos a dar por terminada la función y…”
—¿Pero que dice usted, alma de dios? —interrumpió la señora del carrito— deje usted que las criaturas disfruten, ya me hubiera gustado a mí en mis tiempos, tener esta oportunidad de salir a la calle, todo el santo día dentro de aquellas jaulas…
—Aulas, señora —dijodon Hilario.
—Aulas las tendrá usted, señor, pero en mis tiempos, a los niños nos metían en jaulas, allí encerrados con ventanas de rejas hora tras hora.
Suenan las campanas de una espadaña cercana, el maestro consulta su reloj: “Niños, niños, vamos a ir recogiendo que es la hora” “no puede ser,don Hilario” “¿cómo que no?” “tenemos que saber quién es ese señor tan grandote”
Llega un hombre de pequeña estatura subido en una ruidosa moto, se pone encima del acerado y sin quitarse el casco se sujeta a un naranjo y termina en lo alto de su propia montura.
—¿Oiga qué pasa ahí? —le pregunta a un transeúnte.
—No puede decirle, mire usted, yo iba a comprar el periódico y he visto a mi vecino ahí parado…algo ha ocurrido con un avión.
—¿Un avión? ¿Y ha hecho ese socavón? ¿No será un helicóptero?
—No lo sé, ya le digo, ¿usted vende periódicos?
—¡Si, si!, digo ¡no!
—¿Sí o no?
—Más que venderlos, los reparto…¡oiga, fíjese como se mueve esa sombra!
—¿Qué sombra?
—¡Leche, mire usted para allá!
La sombra continuaba dando saltos, llegando hasta los extremos de la pared amarilla, perdiéndose por un momento en un rincón para aparecer más tarde con un sombrero en la cabeza o con un bastón entre sus manos. Realizaba una y mil piruetas. “A ver, niños, como os lo explico yo, es la hora, tenemos que regresar al colegio, van a llegar vuestros padres”
—¡Vale,don Hilario! —se volvió hacia él Juanito—, nos vamos, pero antes díganos quién es ese señor vestido de negro.
—No es ningún señor, Juanito, es una sombra proyectada en la pared…
—No me lo creo, maestro —dijo otro niño.
—Ese hombre vive ahí,don Hilario —apuntó uno más.
—Yo creo que es el cuidador de los aviones.
—¡Muy bien dicho, Emilio! Por fin hay alguien que llama a las cosas por su nombre, ¡hala, vámonos de aquí!
Los niños se abren paso entre el gentío allí acumulado siguiendo las huellas de su profesor. La sombra cesa en su inagotable actividad, permanece de pie hasta que el último alumno ha dejado de observarla, entonces aparece la silueta de una silla en la que se sienta y adopta una postura encorvada. Los aviones la atraviesan como si se tratase de una nube pero ella permanece inmóvil pensativa.
—Parece que se ha acabado la función —dice la señora del carrito.
—¿Sabe usted si mañana la repiten? —pregunta el usuario de las bicis.
—No sé qué decirle, yo paso casi todos los días por aquí, pero nunca me había fijado. Yo creo que es cosa de ese maestro.
—¡Qué va, señora! —dice el señor de la moto— al maestro lo conozco yo y entiende mucho de pájaros, pero de helicópteros anda fatal.
—¿Qué dice este hombre? —comenta la señora.
El atasco de tráfico cada vez es mayor, ahora se trata del vehículo del reparto de cervezas que se ha detenido para dejar unos barriles, y los dos ocupantes del mismo no han podido resistir la tentación y se han aproximado a curiosear. Suenan los claxon. Se eleva el torno de las charlas y los gorriones animados por tanto bullicio se dan unas pasadas en grupo chillando como si fuesen niños en el patio del colegio. La sombra permanece inmóvil.
—Ahí hubo antes un teatro —dice el transeúnte del periódico.
—¿Un teatro?¿Y eso qué tiene que ver con lo que estamos viendo? —se sorprende la señora del carrito.
—Lo digo porque igual se trata de un fantasma…
—¡Ja, ja, ja! —se carcajean algunos.
—¿A estas horas? Hombre el día está algo nublado, pero me parece a mí que los fantasmas necesitan algo más de oscuridad —dice la señora.
—Puede tratarse de un fantasma diurno —dice otro.
—Pues como no se mueva, yo me voy a tomar una birra; esto es un queo, eso es una estampa que habrán dejado ahí los notas del teatro —comenta otro.
—O un anuncio de trabajos verticales, Vete tú a saber —le responde alguien.
En esas andaba el gentío hasta que un bullicio proveniente de la esquina más próxima, les hizo volver a todos su mirada en aquella dirección: los niños regresaban y en esta ocasión ya no lo hacían con don Hilario al frente, sino con sus padres y madres; saltaban, hablaban en voz alta y trataban de imitar con sus gestos todos los movimientos que habían presenciado en la pared de color amarillo. Por un momento se quedan dos bandos mirándose los unos a los otros, los que allí estaban y los recién llegados. Fue Juanito quién rompió el hielo…
—¡Se mueve!
En efecto, la sombra abandonó su pasividad y recobró todos los movimientos con los que se dio a conocer. Los padres —recién llegados— no tuvieron más remedio que tomar posiciones en la calle y buscarse el hueco por donde poder acceder a lo que estaba acaeciendo en la pared. Miraban, guardaban silencio e incluso se atrevían a aplaudir aquellos movimientos que les parecían más dificultosos, “yo me tengo que ir, es que resulta que tengo que pasar por la tienda” “Juanito, no podemos entretenernos, nos espera tu hermano” “Tu padre está al llegar”. Se notaba en algunos rostros caras de impaciencia. Por eso, antes de que el grupo terminara abandonando el lugar, se desplegó una enorme pancarta desde la azotea del edificio contiguo en la que podía leerse: “Perdonen que no salga a saludar, el desahucio me dejó sin tablas en las que apoyarme, de no ser por los aviones, no tendría donde quedarme”.
En una esquina de la plaza, el maestro contemplaba en silencio el final del espectáculo:
—Espero que de una vez por todas quede claro la diferencia entre el avión común y su prima la golondrina.
EN EL ÚLTIMO MINUTO
La señora Palma asomada a su balcón vigila la estancia de su hijo en la calle, “no olvides subir el pan, Miguelito, que si no te tocara bajar otra vez”, “Si mamá”. Cuida las macetas con todo primor procurando que ninguna de ellas tenga ni una brizna seca que moleste a la vista. Las riega, les dice piropos en voz baja y mira al cielo para ver que aptitud tomar con respecto a ellas en función de las inclemencias meteorológicas. Frente a su balcón se halla el pórtico de entrada a la iglesia del barrio y en el frontispicio una leyenda en latín, en la que tiene depositada toda su fe, aunque nunca se preocupó del significado de la frase completa, “Manolo, cierra la puerta al salir, a ver si se escapa el gato”, y su marido el señor Manuel le echa una mirada al felino que lo deja paralizado ante cualquier intento de fuga. Miguel, embutido en una camiseta de tirantas de color amarillo luce sus pectorales sentado en un banco de la plaza, con una botellín de cerveza en la mano, “¿cómo va eso, Miguel? ⸺le pregunta uno” “ahí andamos” “¿y el trabajo?” “Se resiste, tío, no hay manera de encontrar nada”. Al poco sale Chan, el comerciante chino que regenta el negocio de un pequeño local, puerta con puerta del bloque de Miguel. Lleva en sus manos unos pequeños contenedores y con toda la parsimonia que Buda le ha dado, los va repartiendo por la plaza de manera tal que ninguno de los presentes, ni transeúnte futuro, tiene justificado tirar un papel al suelo y mucho menos cualquier envoltorio de los productos con los que él se gana la vida, “joputa el chino, la que se trae entre manos" ⸺se dice para sí el hijo de la señora Palma.
—¿Has visto lo relimpio que es nuestro vecino, Miguelito?
—¡Si mamá!
—Y lo trabajador ⸺sigue la madre.
—De nueve de la mañana a doce de la noche ⸺apunta el padre.
—¡Ya lo sé, coño! ¿Qué me queréis decir con eso? ¿Tengo yo la culpa de la crisis, o es que no veis como está todo?
—¡Eeehhh, quieto y parao, muchacho! ⸺elevó el tono la señora Palma⸺, aquí nadie te está acusando de nada. Hablamos del chino.
—Del chino, del chino,...habláis del chino y de camino ponéis una cuñita a ver su me doy por aludido.
Así transcurría la vida de la señora Palma, el señor Manuel y su hijo Miguel, hasta que un día de tanto y tanto contemplar al chino Chan, a Miguel se le encendió una lucecita y se le ocurrió poner en marcha la fabricación de un artilugio con la ayuda de su amigo Pedro, de profesión chapista.
—A ver, muchacho, ¿tú te crees que yo no tengo otra cosa que hacer más que escuchar las payasadas que me quieras contar?
—Te lo juro, Pedro, por la gloria de mi abuela, que Dios la tenga presente, no te puedes imaginar la envidia que me da ese chino ¡nos forraríamos!
—¡Ya! Con una bolsa de basura y un velador agujereado…
—Pero Perico ¡por dios!, si tú eres un manitas ¿qué significa eso para ti? Un rato…un momento…ponernos los dos en el taller y sacar un modelo.
—Eso…un modelo ¿tú sabes el curro que tienen esos malditos tubos hasta convertirlos en lo que tú quieres?
—¡Joé tío! ¿No me digas que no tienes ni un rato libre? Una noche, coño, un domingo..¡yo qué sé! Si el taller es tuyo ¡anda, no me jodas!
—¿Mío? Mío lo será el día que el viejo estire la pata, coño, no me hagas hablar. Ya sabes como es. Se entera que andamos malgastando material o perdiendo el tiempo y es capaz de desheredarme.
—Yo compro el material.
—¿De dónde?
—De mis ahorros.
—¿De tus ahorros?..si estás más tirado que una colilla…y buena es la señora Palma para pedirle nada ¿eh?
—A ella no, pero a mi viejo sí que le puedo sacar algo para que me financie el proyecto.
—¿Proyecto? ¿Cómo te atreves a llamar a eso, proyecto?
—¡Está bien!, ya veo que no puedo contar contigo. Ya me buscaré la vida.
Miguel no convenció a su amigo, pero no por ello dejaba de darle vueltas a la misma idea. No había una plaza de la ciudad que no visitase; pocos bares con opción de tener veladores en la calle dejaron de pasar por su ojo crítico. Redactó todo un dossier sobre las ventajas e inconvenientes que podía tener el proyecto. Hizo cientos de fotografías e incluso se atrevió a llevar a cabo una encuesta para enterarse de primera mano de la opinión de propietarios y trabajadores de recintos de hostelería, tratando de sondear la viabilidad de su idea. Falsificó una credencial con el anagrama de la Junta, se lo colgó del cuello sujeto a una cinta anaranjada y se puso el traje de chaqueta de cuando la boda de una prima suya.
—Miguelito, hijo ¿dónde vas tan arreglado?
—Ya ves, mamá, a buscarme el sustento ¿o es que piensas que no soy capaz de sacrificar mis camisetas en aras de mi porvenir?
—¡No!, si yo no digo nada ¿pero…es que vas a trabajar?
—A trabajar voy…otra cosa es lo que consiga.
—¡Di que si, chaval! ⸺dijo su padre⸺. La vida está hecha para la gente echada para adelante.
—Manolo, cuida el lenguaje, a ver si me lo vas a asustar.
—Por mí no preocuparos, se bien lo que hago.
—¿No tendrás fiebre, verdad?- dijo el padre.
—¡Manolo!
—Bueno…bueno…quiero decir… ⸺rectificó el señor Manuel.
—¡Adiós! Nos veremos mañana. Esta noche puede que vuelva tarde.
Así durante quince días. La señora Palma y el señor Manuel no salían de su asombro; apenas lo veían, llegaba a casa para comer algo y descansar. Abandonó sus horas de ocio ⸺hasta Chan le preguntaba por él a su padre⸺, para encerrarse en su habitación y poner a punto su gran idea. Quería pasar por el registro de la Propiedad Intelectual porque pretendía que nadie le fuese a robar sus horas de trabajo, aquello en lo que tanto creía y estaba dispuesto a poner en práctica.
—Perico, te lo juro por lo más sagrado, que no me gustaría dejarte fuera de este proyecto. Lo tengo muy claro, puedo irme a buscar ayuda por otro lado, pero es que no te quiero dejar fuera.
—¿Fuera de qué, Miguel? De verdad que me dan tres leches tus paranoias mentales. ¿Tú te crees que yo no tengo bastante curro como para pringarme contigo en un invento de tebeo?
—¿De tebeo?
—¡Que si coño, Migue! Pon lo pies en el suelo ¿quién te va a escuchar, dime? ¿quién se va a parar a preocuparse por los papelitos con que nos limpiamos los bigotes? ¿Dime, quién?
—El chino.
—¿El chino?
—¡Déjame hablar, Perico! Digo que el chino es todo un ejemplo, él me inspiró ¿has visto como tiene la plaza?
—Si claro…y ahora vamos a ir nosotros, como unos chinos, de puerta en puerta, tratando de convencer a no sé quién de las maravillas de un artilugio que acoplado a los bajos de…¡vamos hombre, Migue! ¡Se mayor, coño! ¡Deja de pensar en los dibujitos de la tele!
—Ya veo que no me entiendes.
—Ni no te entiendo ni nada, Migue, a ti lo que te hace falta es una colocación con todas las de la Ley y salir de las faldas de tu madre de una vez por todas, leche.
—Dame empleo.
—¿Yo?
—¡Si, tú! Nos conocemos desde que íbamos a la guardería. Sabes bien que soy un colega legal, que nos hemos corrido nuestras juergas, pero ni me pincho ni me drogo, ni voy por ahí tirando el dinero y lo más que tomo es un botellín de vez en cuando.
—Los tiempos están como para un sueldo más ¿sabes que diría mi padre?
—Me da igual, Perico. Tú no crees en esta majadería mía o payasada o como la quieras llamar, me da igual, pero si presionas a tu viejo, seguro que me encontraría algún contrato basura aunque fuera nada más que para quedar bien contigo.
—¿Conmigo?
—¡Que si, joé! Él me conoce, sabe de nuestra amistad, de lo necesitado que ando.
—Serás mamón.
—¿Qué pasa, por qué me miras así?
—Porque eres un hijoputa, como no me puedes convencer de una manera, me atacas de otra ¿eh? ¿te crees que yo me chupo el dedo?
—Piensa lo que quieras, Perico. Te lo digo en serio, habla con tu viejo y déjame en buen lugar.
Miguel culminó la fase teórica de su gran proyecto, lo encuadernó lo mejor que pudo e hizo que le pusieran el sello de “registrado” para evitar que cualquier aprovechado le robase lo que tanto trabajo le estaba costando sacar adelante. No paró, se recorrió unos cuantos talleres y trató de explicarle a las personas encargadas que era lo que necesitaba, pero el éxito se le resistía. Poco le faltaba para pasar a la historia de los grandes inventos como un incomprendido y no es que resultase difícil llevar a la práctica la ejecución de su modelo, sino porque todo el mundo andaba demasiado ocupado para entretenimientos sin mucho sentido o le pedían unas cantidades abusivas para la débil economía de un parado de larga duración. Pensó en su padre, sabía que haciéndose rogar le sacaría unos cuartos, pero sólo “unos”, porque la señora Palma no tardaría mucho en enterarse y ahí sí que no había nada que hacer: o presentaba beneficios o la empresa se iba a la quiebra antes de conformarse. Habló con Chan, pero entre que no lo entendía bien y que eso de socio capitalista no venía recogido en su diccionario de buenas relaciones vecinales, tampoco obtuvo el éxito esperado.
—Miguelito ¿me puedes decir en qué líos andas metido, que ya no te pones la camiseta de tirantas?
—Mamá, no tengo tiempo.
—No tienes tiempo, no tienes tiempo ¿a qué te dedicas? ¿no será nada malo, verdad? ¿cuánto ganas?
—De momento nada, mamá.
—¡Nada! Pues bien que gasta suelas de zapato, porque hay que ve como tienes de estropeado los tres pares…¡Y el traje!
—¿Qué le pasa al traje?
—¡Hombre! Lo tienes con más brillo que el manto de la Macarena.
—De aquí a unos meses me sobrarán los trajes.
—¡Ja, ja! Cómo no te toque el cupón ⸺se carcajeo el padre.
—¡Qué gracioso, hombre! Tú en lugar de ayudar al niño, te cachondeas de él ¿te parece bonito? ⸺replicó la madre.
—¡Oye, oye!, que yo ni pincho ni corto ⸺contestó el señor Manuel.
—Pues bien que podrías. Es tu hijo también ¿o no?
—¡De acuerdo, de acuerdo! No os pongáis ahora a discutir, que me come la bulla. ¿Me planchaste la camisa? ⸺medió Miguel.
—Sí, hijo, ahí la tienes, que aquí como no sea una la que hace las cosas…lo que es vosotros.
—Yo me voy a comprar el pan ⸺dijo el señor Manuel.
—Y yo a gastar suela. Venga, mamá, no te apures que ya verás como pronto tu hijo, aquí presente se convertirá en un ser productivo y no una carroña que vive a costa de sus padres, ¡hasta la noche!
Y el tiempo pasaba y Miguel no desfallecía, seguía llamando a una puerta y otra y dándole vueltas y más vueltas a la manera de sacar adelante lo que, según él, ya no tenía marcha atrás. Un buen día arrinconó los desgastados zapatos, escondió en un rincón su maltrecho traje y volvió a la camiseta amarilla y las zapatillas deportivas, pero en esta ocasión no para lucir pectorales en los bancos del parque, sino para sudarla de verdad. Convirtió su habitación en un pequeño taller, donde a escondidas de la señora Palma, introdujo el material necesario para construir un modelo a escala reducida de su mesa devoradora de servilletas usadas. Con la ayuda del ordenador, una escuadra, un cartabón, unas cuantas maderas recogidas de la calle y herramientas propias de carpintero se las apañó para ensamblar unas piezas con otras. Luego se sentó frente a sus padres y les presentó el producto de sus horas de encierro:
—He aquí el producto de mi ingenio.
—¡Vamos, quita ya el trapo y enséñanos que hay debajo! ⸺dijo la señora Palma.
—Tranquila mamá, que éste es un momento muy sublime ¿preparaste el champán?
—¡Pero tú te crees que estamos en Nochevieja!, anda, que tengo mucho que hacer.
Miguel descubrió su obra y los ojos de sus padres no sabían para dónde mirar a la vista de aquel aparato tan difícil de calificar.
—¿Esto qué es? ⸺dijo la madre.
—¡La hostia! ⸺dijo el padre.
—Los artistas ya se ve que somos unos incomprendidos. Dejad que me explique.
—Más te vale ⸺dijo el padre.
—Esto es una máquina de ganar dinero ⸺dijo Miguel.
—¿Una hucha? ⸺preguntó la señora Palma.
—Puede serlo.
—¿No será una modernura de esas para un concurso de cosas raras? ⸺siguió la madre.
—Bien mirado, parece una mesa canguro.
—¿Cómo has dicho, papá?
—Pues…a mí me parece…una mesa en miniatura que lleva una bolsa como esos bichos de la dos.
Miguel se fue para su padre y le dio dos besos en la calva…
—¡Te quiero, papá! Me voy.
—¿Pero dónde vas, criatura? ⸺gritó la madre⸺, espero que sea algo productivo, que la que carga con todo es una, que no veas como huele tu habitación, que…
Con el producto de sus meses de labor bajo el brazo, Miguel llamó de nuevo a las puertas de su amigo Pedro.
—He de reconocer que esto tiene un curro ⸺le dijo éste.
—Tiene algo más que eso, Perico, tiene la solución a mi mísera vida, pero sigo dependiendo de ti.
—¿De mi?—Lo tengo todo escrito, registrado y con la parte teórica más que superada, pero ahora hay que dar el paso definitivo, la construcción a escala real de la mesa-canguro.
—¿La mesa qué?
—¡Olvídalo! Es el nombre que me ha inspirado mi padre, pero es lo de menos. Necesito de ti, de tu taller, para darle la forma definitiva y metérsela por los ojos a unos cuantos.
—Ya te he dicho…
—Mira, Perico, no me vengas con rollos, no quiero empleo, ni dinero, ni nada…sólo que me dediques un tiempo y podamos sacar esto adelante, serás mi socio, te lo juro.
—¿Y mi padre?
—A mi no me vas a engañar, se que el hombre anda fastidiado y no aparece por aquí, así que ahora es el momento, ahora o no sé qué va a ser de mi.
—Está bien, Migue, pero yo pongo las condiciones.
Codo con codo se pusieron a trabajar y sacaron adelante tres mesas, que a título de prueba se las cedieron a unos conocidos que regentaban una cervecería. Eso sí, no lo pudieron hacer en la plaza preferida de Miguel porque la actividad frenética de Chan hacía inviable el proyecto; no había otro espacio más impoluto en toda la ciudad.
Al cabo de unas semanas el resultado podía cotejarse y la mesa-canguro superó con creces la prueba, la gente metía los papeles en aquella ingeniosa ranura que a modo de boca tragalotodo figuraba en el centro de la mesa. El señor Manuel vio menguada su cartilla de ahorros, pero lo dio por bien empleado al comprobar el rostro de satisfacción que lucía su hijo y a Pedro tampoco le importaba demasiado el tiempo invertido de forma gratuita, ya que su padre, al fin y al cabo, no se había enterado de nada.
Miguel rescató el traje de corbata y los zapatos repintados…
—¡Otra vez!
—¡Qué quieres, mamá!, esto es así. Ahora me toca vendérselo a la gente con dinero, con tres mesas no vamos a ningún lado.
—¿Y a dónde piensas acudir? ¿A los bancos?
—Más o menos.
—Pues, vas dado…
Miguel se quedó sin zapatos, volvió a ver a su vecino Chan, las caras de preocupación de sus padres y sus mesas que terminaron olvidadas en un rincón del taller de Pedro. Nadie llamaba, nadie preguntaba por él y poco a poco abandonó sus horas de plaza, su camiseta de tirantas, se fue recluyendo en su habitación, en su cama, en sí mismo. Dejó de comer y terminó convertido en un vegetal transportado de un centro sanitario a otro sin solución de continuidad.
Un día entró la señora Palma en la habitación del hospital con unas prisas desconocidas en ella:
—¡Miguelito, Miguelito!¡La carta!¡Ha llegado la carta!
Tan atropellada entró que no se dio cuenta del gesto de gravedad que presentaban los rostros del personal de enfermería, del señor Manuel, de Pedro.
—La carta, Miguelito, ¿qué ha pasado?...Tus mesas…quieren…comprarte…
—Hace un minuto ⸺dijo el médico de guardia.
RINCÓN Y CORTADO
Rincón se hallaba situado de frente a su público, manejando con la habilidad que él solo sabe, las tres cartas de la suerte, que en menos de un minuto le puede alegrar la vida ¡fíjese en la bolita!, ¡la bolita, la bolita!, apuesten, jueguen y comprobarán como la suerte puede sonreírles.
Un sencillo taburete recubierto de un paño largo con una superficie lisa donde las cartas ⸺plegadas por su eje central⸺ permitían el paso de una pequeña bola nacarada que lo mismo se hallaba bajo la carta central como en cualquiera de las otras dos. Rincón manejaba las manos mejor que la lengua, con unos dedos tan largos que uno podía cansarse de mirarlos sin encontrar el fin. La bola corría y se desplazaba como si un imán la obligase a girar en un sentido u otro. De pronto una prueba, elija usted amigo, de balde, no le cobro nada, es de balde oiga, y el hombre elije de manera inequívoca el escondite seguro. Cada vez hay más gente alrededor de aquella figura humana, alta, desgarbada, puro nervio en el manejo de las cartas y la palabra, pruebe usted señora, son diez euros, ¡ay qué lástima!, por poco señora, otra vez será, ahora usted, caballero.
—¿Se puede subir la apuesta! ⸺dijo uno.
—Claro que si, caballero ¿a cuánto?
—Cincuenta euros a que se dónde queda la bola.
—Me lo pone usted difícil, señor, pero…puedo intentarlo.
Crece la expectación, se corre la voz de la cantidad apostada y la gente se achucha acercándose al puesto para ver de cerca la actuación del mago. Rincón se remanga, aspira una gran bocanada de aire, se frota las manos y comienza su frenética puesta en escena. Tras varios pases de bola y cambios con las cartas se detiene. Quedan sobre el tapete las tres cajas de caudales, de las que solo una es portadora de la llave.
—¿Dónde está la bolita? ⸺pregunta Rincón.
—No he perdido detalle, no puedo fallar…¡Aquí! ⸺señala el hombre.
—¿Seguro? ⸺vuelve a preguntar.
—¡Seguro!
—Muy bien, veamos su suerte.
Rincón levanta la carta y en efecto bajo su curvada forma aparece la bola objeto del juego. El hombre recibe los cincuenta euros ganados y un apretón de mano de parte del artista. La gente no sale de su asombro. Acto seguido da media vuelta y se pierde entre el gentío.
—No pasa nada, señores, sigue el juego ¿quiere usted probar?, ¿usted señorita?, pruebe usted, señor.
Se miran unos a otros; nadie se decide, hasta que un valiente da un paso al frente y deposita un billete de veinte euros.
—¡Ah, pero que pena, señor, ahí no estaba la bolita!
Sigue fluyendo el dinero y Rincón lo va depositando en los bolsillos de su chaqueta como si estuviese cogiendo naranjas de un árbol maduro. La gente sigue apostando, de vez en cuando alguien gana, pero insiste, aumenta la apuesta y lo pierde todo. Se retira. Unos van, otros vienen y sigue la actividad hasta que de repente se oyen los sones de una trompeta que desde una esquina próxima es tocada por una persona de tierras lejanas, que a nadie deja indiferente.
—Con permiso de la concurrencia ⸺dice Rincón desmostando el taburete⸺, he de aclararme la voz.
Y en menos de treinta segundos no queda en el sitio más que la huella de lo que pudo ser y no fue. A la velocidad del rayo, Rincón desaparece por una esquina llevando en sus manos el taburete y el paño y en su chaqueta las tres cartas, la bolita y todos lo euros que le cabían en los bolsillos. Avanza todo lo rápido que puede hasta llegar a un vehículo en el que le está esperando Cortado. Lo deja todo en el maletero, se cambia de camisa y se cubre la cabeza con una gorra de amplia visera. Acto seguido el vehículo se pone en marcha.
—Al rumano hay que decirle que la flauta la tiene que tocar un minuto antes, le he visto yo la gorra a los municipales antes que él, ¿me oyes?
—Alto y claro señor Rincón.
—Y otra cosa, nos quedan dos días como mucho de estancia, empiezo a ver caras de pocos amigos, ¿me sigues?
—Hasta la muerte, muchacho, haremos lo que tú digas.
—Te veo un tanto cínico, pedazo de mamón.
—Como Cortado que me llamo, te juro que no estoy de guasa. Tú eres el rey, yo tu humilde servidor, ¿nos vamos de putas?
—Antes habrá que pagarle al trompetista ¿no?, sólo falta que se impaciente y se vaya de la lengua.
—Tranquilo jefe, que todo está controlado, déjelo de mi cuenta, ese desgraciado no sopla más que dentro de su instrumento. Nos damos una ducha y ya estamos con las golfas esas, me han dicho de un sitio…
—Cortado, que te conozco…quiero buen material, que la última vez casi lo tengo que hacer yo todo.
—El señor Rincón tendrá la mejor moza de la casa, no hay cuidado, déjelo en mis manos.
Aparecieron los compadres en la reja de entrada de la casa de citas y allí fueron recibidos como corresponde a personajes de su alcurnia. Cada cual con su fémina y se retiraron a sus aposentos, pero dio la casualidad que la joven pareja de Rincón había bebido más de la cuenta y…
—Yo a ti te conozco ⸺le dijo.
—¿A mí?
—Si, a ti, no te hagas el despistado, estoy pedorra, pero sé lo que digo.
—Seguro que me has confundido, no soy de estos pagos, estoy de paso, además aquí no estamos para charlar.
—¡Ya! Estamos para echar un polvo. Lo sé. Es mi oficio, pero cuando bebo resulta que se me aclaran las ideas, por eso digo que te conozco, lo mismo que al cura que acaba de salir de la casa por mucho que deje la sotana en la parroquia.
—¿El cura? ¿A qué ha venido? ¿A daros un par de hostias?
—¡Ja, ja, ja! ¡Qué gracioso! ¿Oye, no tendrás un pito?
—¡Si que lo tengo! En serio, ¿qué pinta aquí un cura?
—¡Anda éste!, lo mismo que tú ¿o es que crees que les cortan la colita cuando los ordenan? ¡Ja, ja!
—¿Y no sabrás por un casual de qué parroquia es?
—Sí que lo sé, pero no te lo digo…¡ja, ja!
—Venga ya, guapísima, que aquí el primo te puede hacer una reina.
—¿Una reina, eso qué es? ¿Te sabes una postura nueva? ¡ Ja, ja!
Rincón metió la mano en su bolsillo y extrajo un tubo de cartón con un billete de cincuenta euros a su alrededor.
—¿Ves este fajo? ¿Lo ves? ⸺lo pasó de una mano a otra.
—¡Siii! ¡Veo, veo! ¡Ja, ja! ¿Es para mí?
—Si te portas bien.
—¿Me voy desnudando?
—Luego... ahora dile a tu primo el nombre de la parroquia y tu primo será generoso contigo ¿de acuerdo?
—Como usted quiera, señor…señor…¡uy!...olvidé su nombre.
La mujer acercó sus labios al oído de Rincón.
—Te creo, te creo, creo en ti divina providencia ⸺dijo él.
—¡Ja, ja, ja! ¿Me desnudo ya?
—¡Anda!, pues resulta que se me ha hecho tarde, mejor será que no hagamos esperar a tu patrona ¡toma y quédate el cambio.
—¡Ja, ja, ja! ¡Hasta la próxima señor…señor…
Ya en la calle Rincón y Cortado intercambiaron impresiones.
—¡Le leche, compañero, qué hembra! ⸺dijo Cortado.
—Buena ¿verdad?, pues mejores son cuando se van de la lengua.
Los dos compinches llamaron a la puerta de la sacristía y preguntaron por el párroco:
—¿Está D. Liborio? ⸺preguntó Rincón.
—¿En qué los puedo ayudar, hermanos, soy yo?
—¡Ah, es usted!, con permiso, ¿podemos pasar y sentarnos?
—Como queráis, hijos, la casa de Dios…
—Muy bonita, padre, pero nosotros no venimos a comprársela.
—Ni está en venta ¡ja, ja! ¡qué ocurrencia! Pero ¿qué os trae por aquí?, algún pecadillo que confesar, tenéis cara de querer contarme algo.
—Ya lo creo ⸺dijo Rincón cogiendo un cigarrillo de la mesa⸺ ¿tiene usted fuego?
—Fuma lo que quieres, hijo, pero aquí no, ya sabes que está prohibido y las leyes del hombre…
—Y hablando de pecadillos, Don, don… ⸺dijo Cortado.
—¡D. Liborio, ¡je, je!...pero ya sabéis que la confesión es un sacramento que ha de discernirse entre dos: el cura, que este caso soy yo y la oveja descarriada que ilusionada vuelve al redil…
—Le suena de algo la calle Capitán, número trece ⸺dijo Rincón.
—De algo me suena, por allí lleva a cabo esta parroquia una misión pastoral porque esas criaturas…
—Esas criaturas, ¡tan divinas!, padre ⸺dijo Cortado.
—Bueno, hijo, no sé yo si es el tono adecuado para esta conversación.
—A lo que vamos, padre ⸺Rincón se incorporó de un salto⸺, sabemos de primera mano que clase de misión cumple usted por allí…
—Pastoral des…
—Dejemos ya las premisas, coño, ¡que tengo prisa! A lo que venimos éste y yo es a que afloje usted la guita por las buenas o nos iremos de la lengua por las malas. Le puedo asegurar que no tenemos nada que perder.
—¿Pero ustedes quiénes son? ¿Me están amenazando?
—¡No, padre! Se lo estamos diciendo muy clarito ⸺siguió Rincón⸺, o nos llena usted la bolsa, o de sus andanzas en ese putiferio se entera hasta el padre santo de Roma, que no sé yo si está muy al tanto de su labor pastoral por aquel sitio.
—Pero…
—Ni peros ni manzanas ¿me ha oído?, pues mañana a este misma hora, aquí si socio, vendrá a recoger el aguinaldo y procure ser generoso, de lo contrario, cantaremos ¿estamos? ⸺la voz de Rincón, tronó⸺, ¡vamos tú!
Salieron de la parroquia dejando a D. Liborio hundido en el fondo de su silla pastoral.
—¡Joder Rincón! ¿Por qué tengo que volver yo, y si está la pasma?
—¡Qué pasma ni que niño muerto!¿No has visto su cara? Ese afloja mañana la guita y luego, si te vi no me acuerdo, no conviene abusar de la clientela. Ya veremos si continúa yendo al putiferio, y ahora vamos a la plaza, antes de que el músico se aburra y deje la esquina.
—¡Joder macho! Es que no paras, eres una auténtica fábrica de pasta ¿hoy que toca cartas o cubilete?
—Llevamos ya muchos días dejándonos ver, puede que demasiados y eso es malo para el negocio. Así que hoy le dices al músico que se busque otra esquina o que desaparezca, no sea que pregunten por nosotros.
—¿A dónde iremos?
—Eso ya se verá, de momento mañana tienes que confesarte, luego…¡Dios proveerá! ¡Ja, ja, ja!
—¡Que hijoputa!
Del maletero sacaron los bártulos y se encaminaron a la plaza de granito tostado. Allí jugaban los niños al fútbol, increpados por el dueño de la casa de fotografías que veía peligrar la suerte de su escaparate.
Rincón estira su cuerpo todo lo que da de sí y comprueba que sus compinches están en sus puestos, así que en poco tiempo coloca la mesa portátil, el paño y las tres cartas. Comienza a llamar la atención:
—¡Venga señor, aproxímese señora, compruebe la magia del momento, mirar es gratis, esto de balde, oiga…!
Los curiosos se van aproximando y se fijan en la rapidez con la que mueve las manos, en sus mangas remangadas, en su verborrea…
—Pruebe usted señor, de balde, de regalo…
Llegó Cortado, se rascó la cabeza y se retiró. El semicírculo alrededor del artista ya es tan grande que no le permite distinguir la posición del músico rumano. Cortado ha desaparecido. Alguien se arrima, gana una pequeña cantidad, otro lo reemplaza, termina dejándose todo lo que llevaba encima.
—¡Jueguen señores! ¡La bolita! ¡no pierda de vista la bolita! ¿dónde estará? ¡aquí, aquí o aquí! Anímense, en pocos segundos le cambiará su suerte.
Un hombre se acerca. Va bien vestido, pero en cara se advierte un rictus de dureza. Con un rápido manotazo presiona la muñeca de Rincón y la comprime contra la mesa…
—Me juego cien euros a que sé donde está la bola.
Cuando Rincón trata de defenderse es sujetado por otro individuo.
—¡Vamos! ¿Admites la apuesta? ⸺insiste el primero.
—Claro que si, esto es un juego ⸺responde el artista.
—Pues entonces abre bien esa manita y ponla boca arriba, pero despacio ¡eh!, nada de prisas.
Al verse en tal tesitura, con todo el público observando sin tener muy claro si aquello formaba parte del espectáculo, Rincón le dio la vuelta a la palma de su mano, apareciendo como por encantamiento la bola de la suerte adherida a la base de los dedos corazón y anular.
—La banca pierde ⸺dijo el hombre.
Luego se le acercó al oído y le dijo:
—Si mi chica favorita dice que conoce a alguien, es que lo conoce. No está bien ganar dinero y no pagar los impuestos ¿qué sería de nuestras pensiones?
Rincón quedó tan maltrecho que apenas se alejó la visita, recogió el puesto y se fue para el coche…
—¡Hijo puta, hijo puta! ⸺maldijo
—¿Qué te ha pasado? Traes cara de funeral ⸺le dijo Cortado.
—Arranca y vámonos de aquí si no quieres que te arree dos guantazos ¿no te has enterado de nada, verdad?
—¿Enterarme? ¿De qué? ¿Qué ha pasado?
—¡Anda!, tira para el cortijo que ya te contaré.
Le contó y puso al día a su compañero de trabajo de todos los pormenores acaecidos, al tiempo que iba formándose en su mente la estratagema para salir airoso del envite que se le había planteado.
—¿Te queda claro? ⸺le dijo a Cortado.
—Creo que sí, lo que no entiendo es por qué tenemos que dividirnos, pero en fin, tu eres el cerebro.
—Así me gusta, confía en mí. Cántale a ese monigote las verdades del barquero y sácale todo lo que puedas y a la hora que te he dicho me esperas dentro del coche dispuesto a la batalla. ¿Lo recogiste todo del piso?
—No he dejado ni un alfiler, jefe, me he llevado hasta las toallas del baño.
—Tampoco es eso, coño, somos trileros pero no ladrones. Lo nuestro es un arte, no lo olvides, compañero.
Rincón y Cortado se despidieron y así mientras que uno se fue en busca del cura, el otro encaminó su pasos hacia la calle Capitán.
Cortado llegó a la sacristía, llamó a la puerta y preguntó por don Liborio:
—Buenas tardes, hijo.
—¿Qué tal don Liborio? Vengo a cobrar.
Apenas terminó de pronunciar la frase cuando volvió a abrirse la puerta y apareció el hombre del traje gris…
—¿A cobrar?.. el señor viene a cobrar…¡ay, dios, dios!...con razón dice el refrán que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra…
Cortado no sabía dónde meterse.
—Así que a cobrar, ¡Chus, ven aquí!, que el señor quiere cobrar.
El cura desapareció como por ensalmo y en su lugar apareció un personaje de dos metros que ni corto ni perezoso le arreó un mamporro a Cortado que dio con él a escasos centímetros de la puerta de entrada. Por fortuna para su integridad física acertó con el pomo y no tardó ni diez segundos en poner pies en polvorosa, “¡Cabrón, cabrón ⸺se decía a sí mismo."
Por su parte, Rincón, había llegado a la casa de citas y en un alarde de profesionalidad tenía engatusados a todas las muchachas y parte de la clientela.
—¡Atención a la bolita, a la bolita! ¿dónde crees que está? Aquí ¡no!, pero no se apure señorita, no desespere señor, cambie su cara señora.
Cuando sintió que sus bolsillos no soportaban ni un euro más, realizó una leve inclinación con la cabeza y recogió sus bártulos.
—¡Señoras, señoritas! Hasta aquí la gran actuación del inimitable, del sin par…del ¡Gran Rincón!..quedo a su entera disposición, aquí me tienen para lo que gusten.
Y se marchó. Se fue al encuentro de su compinche, al que halló sentado en el coche.
—¡Vamos, arranca de una vez! ⸺le dijo.
Cortado no le hizo el más mínimo caso, muy al contrario esgrimió su puño izquierdo y le sacudió tal tortazo a Rincón que le puso la nariz como un tomate…
—¿Pero?..¿qué te pasa?..¿a qué viene esto? ⸺protestó Rincón sujetándose la nariz como podía.
—¿A qué viene esto? ¡Hijoputa! ¡Que eres un cabrón y un hijoputa! De sobras sabías lo que me esperaba con el curita de los cojones, ¡mira como me ha puesto la jeta! ¿te parece bonito hacerle eso a un amigo?
—¡Oye, oye! ⸺protestó Rincón⸺, lo que te haya pasado no tienes porque pagarlo conmigo, yo estaba cumpliendo mi parte del trabajo ¡eh!, no creas que me he quitado d en medio, yo nunca abandono a un amigo.
—¿Ah, no? ¿entonces por qué no fuiste tú a cobrar, gracioso…hijo…
—¡Para, para, Cortado…mira!
Rincón le mostró a Cortado la montonera de billetes que había traído de su visita a la calle Capitán, por lo que el efecto balsámico de los billetes enseguida hizo su efecto…
—¡Hostias! ¿Cómo lo has hecho?
—Como siempre, compañero…anda, dale a la llave de contacto y pon rumbo a lo desconocido, que ya te contaré por el camino como me las gasto yo con los chulapas.
—Ahí en la guantera tienes agua oxigenada y un poco de algodón y ¡ponte bien la camisa, leche!, que nos van a detener por vagos y maleantes.
—¡Ja, ja, ja!
—Por cierto, Cortado ¿le pagaste al rumano?
—Hasta el último céntimo.
APARCAMIENTO TRAMPOSO
Un estanco es ese lugar donde entran los fumadores para comprar tabaco, una señora jubilada para comprar unos sobres o un señor mayor que tienta a la suerte porque ¿qué mejor aspiración que hacer crecer los ahorros a base de quinielas?
Un nieto puede ser un joven de dieciocho años, que además de tener el carnet de conducir, ayuda a su querida abuela a la prosperidad del negocio sin que le preocupe demasiado si algún día lo heredará.
Un mecánico es un señor que tiene un taller de autos, que puede ser que echase los dientes entre neumáticos apilados, tuercas, gatos hidráulicos y olor a gasoil. Tal vez aprendió el oficio mucho antes de terminar el Curso que le acreditaba la capacidad suficiente para meterse debajo de un coche y hacer que volviese a funcionar.
Un chapista es otro señor que, además de haber pasado por las pruebas de conocimiento de mecánica para automóviles, un buen día le pareció oportuno aprender a quitar abolladuras, rascar y pintar.
El acerado de las calles de una ciudad se concibe, por regla general, para que por él deambulen los viandantes sin tener que sortear ningún obstáculo que les impida moverse en cualquiera de los sentidos. Conserva una altura superior a la de la calzada para impedir que los vehículos puedan colisionar con los peatones y, por norma general suele ser un adoquín poliédrico quien mantiene el límite entre ambas zonas. Ocurre a veces que para facilitar el acceso a las personas con alguna dificultad motora se llevan a cabo rebajas del acerado por las que una silla de ruedas, un carrito de bebé, una bicicleta infantil, un patinete o el carro de la compra apenas notan que se entorpece su circulación salvo por una pequeña inclinación que les hace acelerar la marcha primero y aminorarla después hasta recobrar la horizontalidad.
Un garaje privado es un lugar en el cual se estacionan los autos de forma individual o en grupo, al que se accede desde la calzada y que tiene una placa pequeña y redonda colocada en lugar bien visible avisando de su condición de guardiana, para que ningún incauto se le ocurra dejar su vehículo en la puerta, ocasionando un trastorno que daría lugar a la intervención de la autoridad municipal.
Los adoquines pintados de amarillo, advierten bien a las claras sobre la prohibición de aparcar.
Las placas redondas, con flechas hacia la izquierda o hacia la derecha, delimitan parcelas destinadas a vehículos de carga y descarga, minusválidos, salidas de emergencia, reservados de hoteles, policía, autobuses, bomberos, motos y alguna que otra contingencia.
Obras, contenedores de basura, bolardos, vehículos abandonados, coches mal aparcados y cientos de automóviles de infinidad de gamas, formas y colores ⸺todos ellos colocados unos detrás de otro como una interminable hilera de fichas de dominó⸺, apenas dejan un resquicio libre para estacionar ni una bicicleta. Así una calle y otra, a derecha e izquierda, adelante y atrás, en callejones, plazas y avenidas, de herméticas farolas, semáforos y aligustres.
La tarea del mendigo consiste en tener algo que llevarse al estómago de vez en cuando y disponer de un cobertizo de mejor o peor calidad donde refugiarse cuando las condiciones climatológicas le son desfavorables, amén de ganarse algunas monedas de tarde en tarde.
Un hueco con el espacio suficiente para que entre un coche es una posibilidad manifiesta de sustento y hacerle un encargo a la dueña de un estanco o al jefe de un taller, termina convirtiéndose en que se puede fumar gratis o tomarse un cafelito en bar de la plazoleta.
Hay ayuntamientos que tienen por costumbre colocar una pegatina amarilla en el lugar donde antes de la llegada de la grúa municipal había un coche mal aparcado.
Los guardias municipales suelen patrullar de dos en dos por las calles de la ciudad, bien en motos o bien en coches. Se paran, charlan con la gente, toman notas fijándose mucho en las particularidades de los vehículos aparcados. Algunos fuman, otros juegan a las quinielas, aunque procuran hacerlo de paisano porque está mal visto distraerse en horas de servicio, dialogan con los encargados de los talleres de vehículos, e incluso les piden papeles a los indigentes.
El honrado ciudadano que busca aparcamiento a las ocho de la tarde de un domingo cualquiera, sabedor de que a las siete de la mañana del día siguiente lo tiene que utilizar para desplazarse a su trabajo, no considera punible dejar su auto en medio de otros dos, aunque estos y otros más se hallen colocados en lo alto del acerado. Incluso puede calcular que deja espacio suficiente para que pase una señora con un coche de bebé.
El buzón de correspondencia es ese objeto obsoleto, situado en la entrada de los edificios, donde se deposita tanta publicidad como quepa en él, además de las notificaciones de bancos, cajas de ahorro, oenegés pidiendo ayuda para los necesitados, cartas con datos erróneos y hojas del servicio de correos indicando el día y la hora en que el ciudadano no se halla en casa.
Una oficina de correos es ese lugar administrativo, mejor o peor atendido pero siempre con gente esperando. Posee numerosas ventanillas de atención al público pero sólo funciona una. Hay que tomar café, atender asuntos que no pueden esperar, así como reducir plantilla porque la crisis se deja sentir en todos los sectores.
Rellenar formularios, firmar, llevar documentación acreditativa y no salir de dudas hasta que no se ve el membrete del sobre que pasa del operario al sufrido y honrado ciudadano, son sensaciones exclusivas de éste último. Los nervios, las prisas, el ¿qué será?, y en una lectura rápida se acelera al corazón: doscientos euros.
La mujer, el pronto pago, el reconocimiento de los hechos, se sitúan en un platillo de la balanza; en el otro los improperios, el afán recaudatorio, la mala suerte, el exceso de confianza. La rutina de la vida diaria coloca el fiel en el punto cero, en el perfecto equilibrio para que todo siga igual.
Una segunda visita a la oficina de correos y una tercera hacen necesaria una pronta consulta médica y una coraza de hierro para que el ciudadano, que ha entonado el mea culpa, considere imprescindible disfrazarse de Sherlock Holmes, aprovechando las fiestas de carnaval.
La mujer metida en la piel de Watson, el detective refugiado en su pipa, un arañazo intencionado en el lateral del vehículo y muchas horas de calle, dan resultados positivos.
¿De qué le sirve al operario de la grúa dejar una pegatina disuasoria si luego llega un indigente y se la lleva a su cobertizo?
Fijándose bien un guardia sin uniforme se puede reconocer y parece increíble que no preste la menor atención a que un individuo aparque encima del acerado.
Huele mucho a ritual que, antes de irse a su casa, el señor chapista deje dos coches encima del acerado. Es para hacer que el joven ayudante de la estanquera procure utilizar el acerado dejando espacio libre para que otros ciudadanos aparquen.
El honrado ciudadano, sentado en un banco de la plazoleta, lee las páginas locales del periódico y contempla con orgullo cómo han escrito sus apellidos sin olvidarse de la tilde sobre la i, ni de la ese final por la que siempre le preguntan.
J.R. Infante


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