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El mundo nos espera (2)

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En la calle el aire es cálido, el verano se asoma y aunque apenas son dos pasos hasta la puerta del supermercado, para Paco resulta suficiente: se le llena la sangre de ansias evasivas; otra estación más que llega y otra oportunidad que se le escapa. Los números seguían sin cuadrarle, no le alcanzaban para cubrir todos los gastos “¿y si dejase el trabajo? ,se preguntaba a veces” “soy habilidoso, puedo buscarme el sustento en cualquier otro sitio que no sea este penal con aire acondicionado” “¿Qué dirían mis padres?, ¿qué le diría a mis hermanos, a mis amigos?”. Pero Paco no era como las palomas, ni siquiera le hacían falta las alas para seguir volando. Tenía tiempo; un verano más y la cuenta bancaria tomaría otro color y además, es posible que le alcanzase para la compra de una furgoneta de segunda mano, en lugar de estar pensando en la que le ofrecía su cuñado ¿quién sabe?

 

“Adelante señora, puede usted pasar por aquí, hagan el favor de respetar la cola” “Lo siento, caballero, pero su tarjeta no está operativa”, “Eso tendrá usted que hablarlo con el encargado, yo no soy más que una empleada”, “¿Y yo qué culpa tengo que a usted le hayan dado una moneda falsa?”, “¿Miguel, puedes darme un relevo, necesito ir al baño?”, “¿Qué hora es?”, “Lo siento, señor, tenemos que cerrar”, “A mí me pagan por aguantar esto y mucho más, qué se cree usted”, “Miguel, aquí hay un descuadre”.

 

—¿Por qué te has pintado de rojo los pelos, Blanca?

—Me lo exigen en el casting.

—¿Y no te ha dicho nada el encargado?

—De todo.

—¿Y?

—Ya ves.

—¡No me digas que le has enseñado las tetas!

—Las artistas tenemos eso.

—¿Y tu madre?

—No habíamos quedado en que no se enteraría de nada.

—¡Qué no, tonta!, me refiero a los pelos ¿qué le has dicho a ella?

—Aún no me ha visto.

—Pues yo he decidido que este verano, tampoco.

—¿Tampoco qué?

—Tampoco me largaré, aún no tengo suficiente.

—¡Ya!

 

Casi todos los días una pareja de ancianos llegaba al banco más cercano a la parada del autobús, se sentaban y charlaban durante todo el rato que duraba el desayuno de Blanca y Paco, hasta que uno de los dos ancianos se levantaba y se iba para el autobús, a continuación lo hacía el otro…

—¿De qué hablarán?  ⸺dijo Blanca.

—De qué va ser, de las pensiones, de los médicos, a lo mejor del inserso.

—¿Y tú por qué lo sabes?

—Leo en los labios.

—¡Si, vamos! ¡Desde aquí!, no te fastidia ¿no te da pena?

—Por eso tengo que hacerme de la furgona.

—¿Te irías solo?

—A no ser que quieras acompañarme.

—¿Y mi carrera?

—¿La de cajera?

—¡Pero qué tontísimo eres!, me han cogido en el casting.

—¡Ah, enhorabuena, señorita! ¿Cómo debo llamarte a partir de ahora?¿Tendrás que cambiar de nombre, no?

—¿No te gusta el mío?

—Me encanta, pero como las artistas sois muy dadas a los cambios, no sé yo que decirte.

—Cuando me veas en los títulos de créditos ya te enterarás de quién soy yo.

—¡Ah, sí!, los títulos.

De nuevo a la calle, al encuentro con el resto de trabajadores de todos los días y a esperar las órdenes oportunas para saber por dónde comenzar.

 

Las estaciones se sucedieron, la plazoleta se cubrió de hojas, de agua, de cera…Palomas y gorriones seguían compitiendo por los mismos restos de sustancias aprovechables para sus estómagos y el dueño de la cafetería se quejaba de la imparable subida de impuestos…

—¿Lo tienes claro?

—Más que claro, Blanca, mañana mismo voy al banco. Ya se lo he dicho al encargado.

—¿Y la furgoneta?

—Lo tengo previsto.

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